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Los hechos siguen un patrón conocido: un rifle, una escopeta y una pistola, todas adquiridas legalmente
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
El horror volvió a sacudir a Estados Unidos. En Minneapolis, durante una misa escolar en la Iglesia y Escuela Católica de la Anunciación, un joven de 23 años irrumpió con violencia desde el exterior, disparando contra niños y adultos. Dos menores, de apenas 8 y 10 años, perdieron la vida, y diecisiete personas más resultaron heridas. El atacante, Robin Westman, se quitó la vida inmediatamente después.
Los hechos siguen un patrón conocido: un rifle, una escopeta y una pistola —todas adquiridas legalmente— transformaron en segundos un espacio de fe y educación en un escenario de muerte. Lo preocupante es que, una vez más, la reacción política se centró en desviar la atención hacia un elemento ajeno a las causas reales del crimen: la identidad de género del atacante.
Robin, nacido como Robert, había cambiado su nombre legal en 2020 al identificarse como mujer trans. Ese dato, irrelevante para explicar un acto de violencia individual, fue rápidamente explotado por figuras políticas y comentaristas para alimentar discursos transfóbicos. Se escucharon calificativos como “monstruo” y se utilizó la tragedia para reforzar prejuicios en un país donde las políticas anti-trans ya avanzan con fuerza. En contraste, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, advirtió que usar este hecho para criminalizar a toda una comunidad es una forma de perder el sentido de humanidad común.
El problema de fondo no es la identidad del agresor, sino la facilidad con la que en Estados Unidos se accede a armas de alto poder. El FBI investiga el caso como terrorismo doméstico y posible crimen de odio contra la comunidad católica, pero mientras tanto, el debate público se desplaza hacia un terreno equivocado. En lugar de discutir el control de armas, la salud mental y la cultura de violencia, se insiste en usar a las personas trans como chivo expiatorio.
Cada vez que ocurre una tragedia como esta, la narrativa política se repite: se banaliza el dolor de las víctimas y se instrumentaliza la violencia para justificar agendas ideológicas. Los dos niños asesinados, las familias que ahora enfrentan un duelo inconmensurable y una comunidad marcada por el miedo merecen algo distinto: un debate serio que coloque la protección de la vida por encima de la manipulación política.
La masacre en Minneapolis es otro recordatorio brutal de lo que sucede cuando un país se resiste a enfrentar su problema estructural con las armas de fuego. Y también, de cómo el oportunismo político puede profundizar divisiones sociales en lugar de buscar soluciones reales.

