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¿Será una casualidad que a Sorayo lo acompañe un pato en su segmento o será un prejuicio homofóbico del creador o guionista de la producción?
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Luis Daniel Estrada Santiago, para Pride Society Magazine
En un momento cuando se lucha contra los crímenes de odio en Puerto Rico, el programa La Bóveda presenta un mensaje bastante peligroso en el segmento “Embárralo”, que se transmite de lunes a viernes por TeleOnce en horario estelar.
El concepto de este programa es uno de concursos, en los que los participantes habrán de enfrentar diferentes retos para ganarse cincuenta dólares, y el que llegue al reto final es el único que tendrá el privilegio de entrar a la bóveda y escoger todos los artículos que pueda en unos segundos determinados.
Uno de esos juegos se titula “Embárralo”. Desde su definición, embarrar significa “cubrir o manchar con barro u otra sustancia viscosa”. Dicho juego es representado por un personaje llamado “Sorayo” y un “pato”. El nombre de por sí, ya es una comidilla.
El nombre de mujer es Soraya y aunque existen nombres relativamente iguales en femenino y masculino como; Juan / Juana, Andrés / Andrea, Alejandro / Alejandra, Antonio / Antonia, Daniel / Daniela, Luis / Luisa, entre muchos otros, la verdad es que Sorayo nunca lo había escuchado. Asunto que me pone en alerta, lo que se me quiere revelar de este personaje.
Obviamente es una interpretación homosexual, que arrastra los clichés de la comedia anticuada puertorriqueña, en la que estos personajes son caricaturescos: ropa, modales, conductas, peluca, entre otras cosas.
Sin embargo, lo que me preocupa no es meramente la homosexualidad tan encasillada y caricaturesca de Sorayo. Es su papel dentro del juego. Sorayo, con vestuario exageradamente ornamentado que sugiera una vestimenta femenina, está acompañado de otro personaje que es un “pato”, como peyorativamente se les llaman a los homosexuales en este país.
¿Será una casualidad que a Sorayo lo acompañe un pato en su segmento o será un prejuicio homofóbico del creador o guionista de la producción? El asunto no queda ahí. Sorayo y el pato se posicionan en una tarima para que dos participantes (la población) les tiren platos con crema azul y rosada (la representación de la sexualidad) y quien tenga mejor puntería, pegándole tanto a Sorayo como al pato, es el triunfador. Si aciertan contra el cuerpo de Sorayo o del pato, se le adjudica un punto al participante, sin embargo, los presentadores explican con sumo orgullo que, si les pegan en la cara, le cuentan dos puntos. O sea, si usted le da un pastelazo en la cara a Sorayo o al pato (que es la misma cosa en el juego) se apunta dos puntos y eso le hace aventajarle a su contrincante.
No es un accidente que Sorayo sea homosexual ni que el animal sea un pato -que bien podría ser cualquier otro- porque seguimos arrastrando con el discurso que el homosexual que despectivamente se les dice “pato” merece ser atacado por la sociedad, que está representada por los dos participantes que van a pegarle con fuerzas y que son instigados a tirarles con más potencia para pegarles. Sorayo y el pato intentan huir del ataque sin poder salir del área de la tarima porque no tienen derecho ante una sociedad que puede atacarlos sin piedad, y que se les premia al que más consiga acertar con su ataque.
El público, que es la sociedad, ríe y celebra cada ataque, cada pastelazo que le den a Sorayo o al pato, porque aún en la actualidad hay gente que se burla y que ataca a los homosexuales.
Si bien es cierto que la televisión está hecha con la intención de entretener y que no responden a que nos representen obras literarias ni juegos con una mínima capacidad de inteligencia, tiene que al menos tener cuidado en los mensajes que nos transmite. Porque, aunque algunos juegos sean huecos y sin profundidad, no cargan consigo un mensaje en el que pondera el odio y lo glorifica. De esto hemos tenido suficiente, tanto en la televisión como en el diario vivir, y de eso no necesitamos más.
