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Por qué las palabras importan cuando hablamos de diversidad y espiritualidad…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Durante el Mes del Orgullo es cada vez más común encontrar comunidades de fe que expresan públicamente su apoyo y acompañamiento a las personas LGBTQ+. Algunas colocan una bandera arcoíris a la entrada de sus templos. Otras organizan celebraciones especiales. Algunas participan en actividades comunitarias. Otras simplemente continúan haciendo lo que llevan años haciendo: abrir espacios en donde toda persona pueda acercarse a la experiencia espiritual sin temor al rechazo.
En medio de ese panorama aparecen palabras que escuchamos con frecuencia: puertas abiertas, inclusiva, afirmativa. Muchas veces las utilizamos como si significaran exactamente lo mismo. Sin embargo, detrás de cada una existe una historia distinta y, sobre todo, una forma particular de entender la relación entre la fe y la dignidad humana.
Lo primero que debemos comprender es que esta conversación no pertenece exclusivamente al cristianismo. Cuando hablamos de comunidades de puertas abiertas, inclusivas o afirmativas no estamos hablando solamente de iglesias. Hablamos también de sinagogas, centros de práctica espiritual, comunidades interreligiosas, movimientos religiosos diversos e incluso grupos que no poseen un espacio físico permanente, pero que comparten una experiencia de fe y una forma de entender el mundo.
Porque, después de todo, una comunidad no se define por un edificio. Se define por la manera en que recibe a quienes llegan a ella.
Las comunidades que se identifican como de puertas abiertas suelen expresar una convicción sencilla pero poderosa: toda persona merece ser recibida con respeto. El énfasis está en la acogida. La invitación es clara. Hay un lugar para ti aquí.
Otras comunidades prefieren hablar de inclusión. En estos espacios no basta con que alguien pueda entrar. También importa que pueda participar, aportar sus talentos y sentirse parte de la vida comunitaria. La inclusión nace muchas veces del reconocimiento de que existen personas y grupos que durante años fueron invisibilizados o relegados a los márgenes y que merecen ocupar plenamente el lugar que les corresponde dentro de la comunidad.
Las comunidades afirmativas van un paso más allá. No solamente reciben ni únicamente incluyen. Afirman. Reconocen que la orientación sexual, la identidad de género o la forma en que una persona experimenta el amor no disminuyen su dignidad, sus capacidades ni su valor espiritual. Afirman que los dones, los llamados y las vocaciones de las personas LGBTQ+ son igualmente valiosos y merecen ser reconocidos y celebrados.
No se trata de una competencia entre conceptos ni de una escala para medir quién es más acogedor. Cada comunidad ha recorrido su propio camino. Algunas han llegado a estas conclusiones después de décadas de reflexión y diálogo. Otras nacieron precisamente como respuesta a la exclusión que muchas personas experimentaron dentro de espacios religiosos tradicionales. Algunas continúan discerniendo cómo responder a estos desafíos en el presente.
Lo que todas estas experiencias revelan es una transformación más profunda que cualquier etiqueta.
Durante mucho tiempo, innumerables personas LGBTQ+ escucharon que no había lugar para ellas dentro de determinados espacios de fe. Algunas abandonaron las comunidades donde crecieron. Otras intentaron reconciliar su espiritualidad con mensajes de rechazo. Muchas cargaron durante años con la falsa idea de que debían elegir entre su fe y su propia identidad.
Frente a esa realidad, numerosas comunidades religiosas comenzaron a hacerse preguntas difíciles. Preguntas que no surgieron de teorías abstractas, sino del encuentro con personas concretas. Hijos e hijas de la comunidad. Amigos. Familiares. Líderes religiosos. Personas creyentes que continuaban buscando a Dios mientras intentaban encontrar también un lugar donde pertenecer.
Quizás por eso la conversación sobre puertas abiertas, inclusión o afirmación no trata realmente sobre terminología religiosa. Trata sobre seres humanos.
Detrás de cada uno de estos conceptos hay historias concretas. Historias de personas que buscaron un lugar donde orar sin miedo. Familias que no quisieron escoger entre el amor y la fe. Comunidades que comprendieron que la hospitalidad no termina cuando alguien cruza una puerta, sino cuando esa persona descubre que también pertenece.
Al final, las palabras son importantes porque nos ayudan a describir realidades. Pero ninguna definición puede sustituir la experiencia de quien llega a una comunidad buscando refugio espiritual y descubre que es recibido con respeto, escuchado con atención y valorado como parte de la familia humana.
Quizás esa sea la enseñanza más importante que deja este Mes del Orgullo.
Las comunidades de fe pueden utilizar nombres distintos para describirse. Pueden llamarse de puertas abiertas, inclusivas o afirmativas. Pero la verdadera medida de cualquier espacio espiritual sigue siendo la misma: la capacidad de reconocer en cada persona una dignidad que no necesita ser ganada, demostrada ni justificada.
Una dignidad que merece ser acogida con respeto.
Y, sobre todo, con amor.
