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Esta puesta marcó el regreso de Cordelia González a las tablas tras seis años de ausencia, en lo que ella misma ha catalogado como uno de los retos más grandes de su carrera
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
La Sala Jesús María Sanromá del Conservatorio de Música de Puerto Rico vivió una noche vibrante y memorable con la última función de Master Class. A casa llena, el público disfrutó de una producción que se convirtió en todo un acontecimiento teatral. La obra de Terrence McNally encontró en Cordelia González a una protagonista de lujo: su interpretación de María Callas no solo fue impecable, sino también apasionada, poderosa y profundamente conmovedora. Fue un regreso triunfal para una de las grandes damas de la escena puertorriqueña, que logró atrapar a la audiencia desde el primer instante y sostenerla en un viaje lleno de humor, disciplina y emoción.
Master Class, escrita por Terrence McNally en 1995 y estrenada ese mismo año en Broadway con Zoe Caldwell —ganadora del premio Tony por su interpretación—, se ha convertido en un texto de referencia sobre la vida y el arte de María Callas. Desde entonces ha recorrido escenarios internacionales con figuras como Patti LuPone, Faye Dunaway, Tyne Daly y la soprano española María Bayo. En Puerto Rico también ha tenido su historia: primero con Johanna Rosaly, luego con Yolandita Monge y más tarde con Jacqueline Duprey. Ahora, en 2025, la obra regresa de la mano de Cordelia González, reafirmando su vigencia y su capacidad de inspirar nuevas generaciones en un espacio idóneo como el Conservatorio, cuya acústica y solemnidad potencian la fuerza del texto.
Esta puesta marcó el regreso de González a las tablas tras seis años de ausencia, en lo que ella misma ha catalogado como uno de los retos más grandes de su carrera. El desafío de dar vida a la “divina” Callas exige transmitir la grandeza y la fragilidad de una artista que se convirtió en mito y herida viva al mismo tiempo. En escena, lo que inicia como una clase de canto se transforma en un retrato íntimo en el que la diva desnuda sus glorias y cicatrices: la obsesión con la perfección, el peso de la crítica, la exigencia feroz y la soledad tras la fama. González se entrega al papel con absoluta precisión. Su voz, sus silencios, los gestos controlados y la mirada cargada de memoria logran que el público vea a Callas en carne viva.




El elenco completa con acierto la atmósfera. Manny (pianista), interpretado por Pedro Juan Jiménez, sostiene con musicalidad y temple cada intervención. Sophie de Palma (soprano, alumna), en manos de Melanie Flores, y Sharon Graham (soprano, alumna), interpretada por Elizabeth Rodríguez, no solo poseen voces privilegiadas, sino que aportan contraste dramatúrgico a la puesta. Tony (tenor, alumno) es Christian García, quien enfrenta con arrojo el rigor implacable de Callas y deja una impresión memorable con su voz. Sebastián Valenzuela aporta lado realista como el tramoyista, mientras que la voz de Roberto Ramos Perea como Onassis resuena como eco del pasado.
La propuesta contó además con un equipo técnico y artístico de primera: Mariana Carbonell (asistente de dirección, regiduría, vestuario y utilería), Héctor Negrón (luces), Brian Villarini (maquillaje), Melvin Colón (técnico CMPR) y Jorge Pérez Renta (traducción). La producción fue de Carlos Carbonell y la dirección de Gilberto Valenzuela. En particular, merece destacarse el trabajo de maquillaje y vestuario, que lograron convertir a González en el vivo retrato de María Callas, reforzando la credibilidad y la fuerza visual de su interpretación.
La dirección de Gilberto Valenzuela fue clave para el éxito de esta puesta. Con pulso firme y una visión clara, logró mantener el balance entre los momentos de humor, las lecciones musicales y la vulnerabilidad de la protagonista. Su trabajo permitió que cada detalle, desde los silencios de Callas hasta las reacciones de los estudiantes, tuviera un peso dramático. Me pareció especialmente acertada la utilización del espacio y las distancias entre la protagonista y los alumnos, recurso que estableció de forma clara las diferencias jerárquicas. Valenzuela dirigió con precisión de relojero, dando espacio a González para brillar sin descuidar la cohesión del resto del elenco.
El público reaccionó con entusiasmo, alternando risas cómplices ante los comentarios filosos de Callas y un silencio reverencial en los momentos más íntimos. El libreto está lleno de enseñanzas para los jóvenes cantantes, pero muchas de ellas también aplican al público en cualquier faceta de la vida. Ya en los años noventa, el autor anticipaba la importancia de construir una imagen propia —lo que hoy conocemos como “marca personal”— y lo pone en labios de la protagonista. La ovación final confirmó que esta producción no fue solo un homenaje a una figura legendaria de la ópera, sino también una celebración del teatro como espacio de disciplina, memoria y pasión.
Master Class es más que una obra sobre música: es una lección de vida sobre lo que significa entregarse al arte. En la piel de María Callas, Cordelia González ofreció una velada inolvidable, reafirmando que, en ocasiones, el teatro puede ser la más intensa de las clases magistrales.
Una pena que esta producción no tenga más funciones. Debería repetirse para que más futuros actores y actrices puedan verla y aprender de ella, porque experiencias como Master Class son también lecciones de vida que trascienden el escenario.
