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Antonella Martínez fue señalada por su cuerpo, cuestionada sobre su identidad y expuesta ante miles de personas. Desde la OPM, silencio
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Julio V. Núñez, Pride Society Magazine
Hay silencios que se pueden explicar. Y hay otros que, con el tiempo, empiezan a parecer una forma de ejercer el cargo.
Mientras la nefasta Elizabeth Torres usaba fotografías de Antonella Martínez para anunciar en sus redes sociales que había descubierto a “otro hombre”, y la apariencia física de una joven se convertía en material para burlas, sospechas e interrogatorios públicos, hubo una voz institucional que no escuchamos: la de la Procuradora de las Mujeres de Puerto Rico, Astrid Piñeiro Vázquez.
No hacía falta que la Procuradora determinara quién tenía la razón en una controversia privada, porque esto nunca debió ser un debate sobre la identidad de Antonella. Tampoco tenía que convertirse en árbitro de las redes sociales. Bastaba algo mucho más elemental: recordar que ninguna mujer debe ser sometida a escrutinio público por su apariencia, que ningún cuerpo femenino necesita ajustarse a determinados rasgos para ser considerado legítimo, y que señalar a una persona desde una plataforma pública puede tener consecuencias reales.
Antonella y su madre, Zoraya Rodríguez, hablaron públicamente. La joven rechazó el señalamiento y relató el impacto que la controversia tuvo sobre su salud mental. Su madre, por su parte, expresó preocupación por la seguridad de su hija ante los comentarios que empezaron a circular. Ambas dijeron, además, que evaluaban acciones legales.
La publicación original terminó eliminada. Pero lo que no desapareció fue la lógica que la hizo posible: mirar a una mujer, estudiar sus facciones y su cuerpo, decidir que algo no corresponde con una idea particular de feminidad, y convertir esa sospecha en una acusación pública.
¿No hay nada que decir desde la Oficina de la Procuradora de las Mujeres sobre eso? Hasta el momento, SILENCIO.
La pregunta resulta todavía más pertinente porque la propia OPM establece, entre sus responsabilidades, promover políticas públicas que garanticen los derechos humanos de las mujeres y educar a la comunidad para defenderlos. No le estamos exigiendo a la Procuradora que invada una controversia que no le corresponde. Le estamos preguntando dónde comienza y dónde termina la responsabilidad pública de una oficina creada, precisamente, para defender a las mujeres. El problema es que este silencio no ocurre en el vacío.
Puerto Rico lleva meses discutiendo feminicidios, violencia de género, la precariedad de los albergues y la necesidad de fortalecer los mecanismos de prevención y protección. La propia Piñeiro ha reconocido que uno de los grandes retos de la OPM ha sido combatir la percepción de una oficina que solo aparece cuando ocurre una tragedia. En una entrevista publicada este año, aseguró que quería cambiar esa imagen con una gestión distinta. Por eso mismo corresponde preguntar qué significa, en la práctica, estar presente. A la Procuradora la estamos observando, como diría un conocido analista político, la tenemos “en la mirilla”.
Una Procuraduría no puede medir su efectividad únicamente por llamadas atendidas, orientaciones ofrecidas, informes presentados o fondos distribuidos. Todo eso importa y forma parte de sus responsabilidades. Pero una institución defensora de derechos también tiene una función moral y educativa: identificar los discursos y las conductas que degradan a las mujeres antes de que se conviertan en estadísticas. El caso de Antonella ofrecía una oportunidad extraordinariamente clara para hacerlo.

Ni siquiera era necesario mencionar a Elizabeth Torres, a quien muchos llaman «la imantada». La Procuradora podía recordar públicamente que las mujeres no tienen que demostrar su sexo mediante certificados de nacimiento, historiales médicos o explicaciones sobre sus cuerpos. Podía advertir sobre el daño de convertir rasgos físicos en evidencia para cuestionar la identidad de una persona. Podía defender algo tan sencillo como el derecho de las mujeres a no ser inspeccionadas públicamente. Ese mensaje habría protegido también a las mujeres trans.
Aquí hay una dimensión que la OPM tampoco debería ignorar. La vigilancia obsesiva sobre quién “parece mujer” no se queda contenida dentro de la población trans: termina alcanzando a mujeres cisgénero altas, musculosas, de facciones fuertes, con determinada voz, determinada ropa, o cualquier característica que alguien decida colocar fuera de una feminidad aceptable. Antonella acaba de demostrarlo de la manera más dolorosa. La transfobia, al final, termina convirtiendo a todas las mujeres en sospechosas.
Resulta entonces legítimo preguntar qué entiende la Procuradora por defender los derechos de las mujeres, y cuáles mujeres caben dentro de esa defensa.
Astrid Piñeiro llegó a la OPM en 2025 diciendo que quería ser vocal, que había llegado el momento de demostrar con acciones su compromiso. Esa promesa merece recordarse, porque una Procuradora no fue nombrada únicamente para administrar una agencia. Ocupa una posición desde la cual el país debería escuchar una voz firme cuando los derechos, la dignidad y la seguridad de las mujeres entran en discusión. Eso exige también independencia de criterio. ¿Tendrá ella criterio, o es otra marioneta más?
La Oficina de la Procuradora de las Mujeres no puede convertirse en una institución que selecciona cuidadosamente las controversias ante las cuales conviene hablar y aquellas frente a las cuales prefiere mirar hacia otro lado. Mucho menos puede dar la impresión de que su voz depende de quién provoca el agravio, de dónde proviene políticamente, o de cuán incómodo resulte denunciarlo. No afirmamos que esa sea la razón de su silencio. Precisamente porque no lo sabemos, preguntamos: ¿dónde está la Procuradora? ¿Estará livin’ la vida loca? Hello, aterrice.
¿Considera aceptable que una mujer sea señalada públicamente por sus rasgos físicos? ¿Entiende que exigir información sobre el sexo registrado al nacer constituye una intromisión en la privacidad? ¿Cree que usar fotografías de una mujer para cuestionar públicamente su identidad merece algún pronunciamiento de la oficina que dirige? ¿Incluye su defensa de las mujeres a quienes son objeto de ataques transfóbicos, sean cisgénero o trans? Son preguntas sencillas. Deberían tener respuestas igualmente claras.
Antonella no necesita que una agencia gubernamental certifique que es mujer. Ese sería, precisamente, el error denunciado. Lo que necesita Puerto Rico es saber que existe una institución dispuesta a levantar la voz cuando una mujer es convertida en objeto de inspección, humillación o sospecha: de forma clara y contundente sin tener que esperar el go ahead de La Fortaleza. Eso se llama CRITERIO. Si eres una marioneta política pues no hace falta criterio… Así estamos.
Una Procuradora de las Mujeres que solo aparece cuando resulta cómodo hacerlo corre el riesgo de convertirse en administradora del silencio. Para guardar silencio, francamente, no hacía falta una Procuradora. Esto, señora Procuradora, es VIOLENCIA.
📌 ¿Dónde está la Procuradora?
El silencio ante Antonella Martínez no es la única pregunta que enfrenta la Oficina de la Procuradora de las Mujeres.
📸 Antonella Martínez: una mujer fue señalada públicamente por su apariencia, sometida a cuestionamientos sobre su sexo al nacer y expuesta a ataques en redes. ¿Dónde está la OPM?
🏳️⚧️ Mujeres trans: mientras aumenta el discurso que cuestiona quién puede ser reconocida como mujer, ¿cuál es la posición de la Procuradora sobre la protección de las mujeres trans?
🔎 Vigilancia sobre los cuerpos: si cualquier mujer puede ser señalada por no responder a determinados estereotipos de feminidad, ¿no constituye eso un asunto de derechos de las mujeres?
⚠️ Discursos que alimentan el discrimen: la OPM asegura que su misión incluye educar y defender los derechos humanos de las mujeres. ¿Por qué esa función parece desaparecer ante algunas controversias públicas?
📢 La Procuradora sí ha levantado su voz recientemente ante feminicidios y casos de violencia doméstica. La pregunta es por qué esa voz no se escucha con la misma claridad cuando la violencia comienza con el señalamiento, la humillación y el prejuicio.
