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Mientras discutimos sobre las distintas maneras de nombrarnos, seguimos compartiendo experiencias que nos acercan mucho más de lo que imaginamos
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada, Pride Society Magazine
Nos pasamos buena parte de la vida intentando explicar quiénes somos, mientras otros parecen empeñados en decidirlo por nosotros. Hemos adquirido la costumbre de clasificar a quienes nos rodean hasta convencernos de que una palabra basta para resumir su existencia, sus sentimientos y hasta su manera de amar. Nos fijamos en el origen, la apariencia, las creencias, la orientación sexual, la identidad de género o la condición económica, como si alguno de esos rasgos pudiera contarnos todo acerca de quien tenemos delante.
En ese afán por establecer diferencias, a veces olvidamos algo tan elemental como reconocernos seres humanos.
Me pregunto en qué momento comenzamos a exigir tantas explicaciones para aceptar a los demás. Por qué nos interesa tanto saber a quién ama alguien, cómo se identifica o de dónde viene, cuando rara vez mostramos la misma curiosidad por conocer su historia. Hemos convertido asuntos profundamente personales en temas sobre los cuales cualquiera se siente con derecho a opinar, cuestionar e incluso condenar, sin detenerse a pensar en las consecuencias que sus palabras pueden tener.
Sería injusto desconocer el valor de las identidades. Muchas representan años de resistencia, conquistas sociales y esfuerzos colectivos por alcanzar reconocimiento. Para quienes durante generaciones fueron silenciados, poder nombrarse ha significado recuperar espacios, defender derechos y encontrar una comunidad donde sentirse parte. Esas denominaciones también guardan memoria y expresan experiencias que merecen ser reconocidas. La dificultad surge cuando las utilizamos para establecer distancias o reducir a alguien a una sola característica.
Ninguna persona puede definirse únicamente por su orientación sexual, nacionalidad, religión o identidad de género. Mucho menos por sus errores, circunstancias económicas, estudios o decisiones particulares. Cada cual lleva consigo recuerdos, afectos, pérdidas, contradicciones y aspiraciones que difícilmente caben en una descripción. Sin embargo, con demasiada frecuencia preferimos quedarnos con aquello que resulta más visible y prescindimos de conocer lo demás.
Pienso en cuántas amistades nunca llegaron a existir porque nos detuvimos en las diferencias, en las conversaciones que evitamos y en las oportunidades que dejamos pasar por prejuicios aprendidos. Nos hemos vuelto expertos en preguntar qué es alguien, pero no siempre sabemos interesarnos por cómo se encuentra, qué le preocupa o cuánto esfuerzo le ha costado llegar hasta donde está. Quizás descubriríamos mucho más si escucháramos antes de sacar conclusiones.
Resulta contradictorio hablar de diversidad mientras exigimos justificaciones a quienes viven o aman de una forma distinta a la nuestra. Defendemos nuestra libertad para elegir, aunque en ocasiones nos cuesta reconocer ese mismo derecho en otras personas. Reclamamos comprensión, pero no siempre estamos dispuestos a ofrecerla, y terminamos utilizando nuestras convicciones como referencia para juzgar experiencias que desconocemos.
Aceptar nuestra humanidad compartida no requiere borrar las diferencias ni pretender que todos pensemos igual. Tampoco significa abandonar las identidades que forman parte de nuestra historia. Consiste en comprender que ninguna de ellas debería determinar el respeto que merece alguien, las oportunidades a las que puede acceder o su derecho a buscar la felicidad.
Tal vez convendría cambiar algunas de nuestras preguntas. En vez de preocuparnos tanto por determinar qué tipo de persona tenemos delante, podríamos examinar cómo nos comportamos con ella. Si sabemos escuchar sin anticipar juicios, acompañar sin imponer condiciones y reconocer el valor de una existencia aunque no compartamos todas sus decisiones. Porque también debemos preguntarnos qué dicen de nosotros esas actitudes que tantas veces justificamos en nombre de nuestras costumbres, principios o creencias.
Mientras discutimos sobre las distintas maneras de nombrarnos, seguimos compartiendo experiencias que nos acercan mucho más de lo que imaginamos. Conocemos el miedo, la incertidumbre, el deseo de recibir afecto y la necesidad de encontrar un lugar donde podamos vivir sin sentirnos permanentemente examinados.
Probablemente nunca dejaremos de utilizar categorías para comprender el mundo. Algunas continuarán siendo necesarias para expresar realidades, construir comunidad y defender derechos. Lo que sí podemos evitar es convertirlas en barreras para relacionarnos o en argumentos para decidir quién merece aceptación.
Al final, después de tantas definiciones, quizás la pregunta más importante no sea qué tipo de personas somos, sino qué clase de trato estamos ofreciendo a quienes comparten la vida con nosotros.
Somos seres humanos que amamos. Y punto.
