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Al final, ese es el desafío: aprender a mirar al otro antes de clasificarlo, entender que la dignidad no depende de la orientación sexual, de la identidad de género, de la religión o de cualquier otra diferencia…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Pocas personas entran a un centro comercial esperando encontrarse con una de las expresiones públicas de solidaridad más significativas que puede ofrecer una ciudad.
El miércoles 22 de julio, quienes cruzaron las puertas del Centro Comercial Andino, en Bogotá, encontraron una escena distinta: los pasillos comenzaron a llenarse de personas con banderas de los colores del arcoíris. Algunas caminaban en silencio, otras sostenían carteles, pero el mensaje más elocuente no estaba escrito en ninguna pancarta, sino en los besos.
En medio de ese ambiente, parejas se abrazaban sin prisa mientras decenas de teléfonos registraban una imagen que, apenas un día antes, parecía imposible de imaginar. Aquello no era una celebración convocada con meses de anticipación, sino la respuesta espontánea de cientos de personas a un hecho que había despertado indignación dentro y fuera de Colombia.
Las primeras imágenes de aquella concentración llegaron hasta mi teléfono a través de Facebook. Las había publicado mi amigo Herb Sosa, activista con quien he compartido proyectos y años de trabajo en la defensa de los derechos humanos. Su publicación despertó mi curiosidad periodística y me llevó a seguir el desarrollo de los acontecimientos, revisar testimonios y contrastar la cobertura de distintos medios colombianos para reconstruir, paso a paso, lo ocurrido.
Todo había comenzado con un beso.
Rodrigo Bastidas y su novio denunciaron que un vigilante del Centro Comercial Andino los reprendió después de besarse y les advirtió que, si repetían aquella muestra de afecto, serían retirados del lugar. Una mujer que presenció la escena alcanzó a grabar parte del intercambio y entregó el video a la pareja. Horas después, las imágenes comenzaron a circular por las redes sociales y el caso dejó de ser un incidente privado para convertirse en un debate público.
La denuncia encontró eco casi de inmediato. Organizaciones defensoras de los derechos humanos, colectivos ciudadanos y usuarios de redes sociales cuestionaron la actuación del personal de seguridad y reclamaron explicaciones. La historia llegó rápidamente a los principales medios de comunicación del país y abrió una conversación sobre los límites entre los reglamentos internos de los espacios privados y el derecho de todas las personas a expresar afecto en igualdad de condiciones.
En los días siguientes, el Centro Comercial Andino emitió un comunicado en el que reconoció que la pareja no había incurrido en ninguna conducta que justificara la intervención del personal de seguridad. En ese mismo pronunciamiento informó que había ofrecido disculpas a los jóvenes y anunció la revisión de sus protocolos de actuación, así como el fortalecimiento de la capacitación dirigida a su personal.
Mientras tanto, la ciudadanía ya había comenzado a responder. A través de las redes sociales empezó a circular una convocatoria para realizar una besatón en el mismo lugar donde el gesto de una pareja había sido cuestionado. La invitación era sencilla: regresar al Andino y responder con besos a un episodio que muchos interpretaron como un acto de discriminación.
La convocatoria superó las expectativas. Cientos de personas ocuparon los pasillos del centro comercial: había parejas del mismo sexo, parejas heterosexuales, familias, amigos y ciudadanos que simplemente quisieron hacerse presentes. Algunos llevaban banderas, otros carteles, y muchos llegaron únicamente con la intención de abrazar o besar a la persona que tenían al lado.
Durante la jornada, la protesta transcurrió de manera pacífica, sin confrontaciones ni llamados al odio. Hubo abrazos, aplausos y una decisión colectiva de transformar un episodio doloroso en una manifestación pública de solidaridad.
Quizá ese sea el aspecto más valioso de esta historia. Con frecuencia, los relatos sobre discriminación terminan en el momento mismo en que ocurre la agresión; esta vez sucedió algo diferente. La conversación no quedó atrapada en el incidente inicial, sino que la respuesta de la ciudadanía desplazó el foco y convirtió una denuncia individual en una reflexión colectiva sobre la convivencia, el respeto y la igualdad.
Lo ocurrido en Bogotá también invita a pensar en el momento que atraviesan muchas sociedades. En distintos países han resurgido discursos que vuelven a señalar a determinadas personas por su orientación sexual o por su identidad, y en ese contexto cada episodio adquiere una dimensión que supera las fronteras donde ocurrió.
Por eso la historia del Andino no pertenece únicamente a Colombia. Habla de cualquier lugar donde una pareja pueda sentirse observada por expresar afecto, de cualquier ciudad donde todavía existan personas que deban preguntarse si un gesto tan cotidiano como un beso puede convertirse en motivo de reproche.
Mientras terminaba de escribir estas líneas recordé Un ser humano más, la canción del artista puertorriqueño Eric Vier. No porque una canción explique lo sucedido, sino porque su título resume con sencillez la enseñanza que deja esta historia.
Al final, ese es el desafío: aprender a mirar al otro antes de clasificarlo, entender que la dignidad no depende de la orientación sexual, de la identidad de género, de la religión o de cualquier otra diferencia, y comprender que el respeto no puede estar condicionado a que el otro se parezca a nosotros.
Podemos pensar distinto y discrepar en asuntos políticos, religiosos o culturales; esa diversidad forma parte de cualquier sociedad democrática. Lo que no debería admitirse es que una diferencia se convierta en motivo para limitar la dignidad de otra persona.
Quizá dentro de algunos años pocos recuerden el nombre del vigilante, el contenido exacto del comunicado institucional o la fecha precisa en que ocurrieron los hechos. Lo que probablemente permanecerá será otra imagen: la de un centro comercial donde cientos de personas decidieron reunirse para responder a un episodio de exclusión sin violencia, sin insultos y sin amenazas.
Respondieron con un gesto cotidiano, un beso, que por unas horas recordó que ninguna muestra de afecto debería convertirse en motivo de sospecha cuando lo que está en juego es el derecho de toda persona a ser tratada con la misma dignidad que cualquier otra.

