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Si Brasil logra desarrollar una pastoral sólida, formativa, compasiva y respetuosa, podría convertirse en referencia internacional
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Brasil ha dado un giro significativo en su historia religiosa reciente. La Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB) nombró el 17 de octubre de 2025 al obispo Arnaldo Carvalheiro Neto, de la Diócesis de Jundiaí, como responsable del acompañamiento pastoral de los grupos católicos LGBTQ+. El anuncio, divulgado públicamente a mediados de noviembre, fue recibido como un hecho inédito dentro de la Iglesia católica brasileña y como el resultado de más de una década de trabajo pastoral silencioso impulsado por comunidades creyentes que se negaron a desaparecer.
El simple hecho de que la CNBB utilice el término “grupos católicos LGBTQ+” marca un cambio de tono, de enfoque y de sensibilidad eclesial. Por primera vez, la Iglesia Católica en Brasil reconoce no solo la existencia de estas comunidades dentro de su propio tejido espiritual, sino también la necesidad de acompañarlas de manera explícita y responsable. Es una frase sencilla, pero de un peso simbólico incalculable: equivale a decir que estas vidas ya no serán tratadas como un tema periférico, sino como parte de la misión pastoral.
Este nombramiento, uno de los primeros en su tipo a nivel mundial, rompe con una larga tradición de silencios. Durante décadas, la pastoral dirigida a personas LGBTQ+ se realizaba —allí en donde existía— en espacios informales, a veces tolerados, a veces vigilados, casi siempre sin respaldo institucional. Con esta decisión, la CNBB no solo legitima estos esfuerzos: los eleva al ámbito episcopal, otorgándoles la visibilidad y el respaldo que nunca habían tenido.
El contexto brasileño amplifica la importancia del gesto. En un país donde las estadísticas de violencia contra personas LGBTQ+ siguen siendo trágicamente elevadas, donde el discurso religioso ha sido utilizado con frecuencia para justificar exclusiones, y donde tantas familias han visto fracturadas sus relaciones por la interpretación rígida de ciertos sectores eclesiales, la CNBB ha optado por mirar de frente una realidad que ya no admite excusas. Nombrar a un obispo como referente pastoral envía un mensaje contundente: la dignidad humana no puede negociarse y la misión de la Iglesia no es perpetuar heridas, sino sanarlas.
La designación de Carvalheiro Neto se extiende inicialmente hasta 2028. En sus primeras declaraciones, el obispo habló de un ministerio guiado por la verdad y la caridad, comprometido con el diálogo, la comunión y la acogida. Su lenguaje no fue ambiguo ni evasivo. Habló de escucha real, de acompañamiento espiritual y de la necesidad de que todas las personas se sientan en casa dentro de la Iglesia. Palabras que, para muchos creyentes LGBTQ+, representan un respiro después de décadas de sentirse invisibilizados.
Sin embargo, aún no existe un documento oficial público de la CNBB que detalle la estructura pastoral de esta nueva misión. No se han especificado los equipos de apoyo, los recursos asignados, los procesos de formación o los criterios para definir qué grupos serán acompañados. La ausencia de este marco institucional no anula la importancia del paso dado, pero sí revela los desafíos que están por venir. El éxito de este nombramiento dependerá de que la CNBB transforme el gesto en acciones concretas y no en un simple acontecimiento simbólico.
El desafío no es menor. Miles de católicos LGBTQ+ y sus familias han cargado con heridas provocadas por discursos religiosos que confundieron doctrina con exclusión. El acompañamiento pastoral que ahora se propone tendrá que ser un espacio de reconstrucción de confianza, de reparación espiritual y, en muchos casos, de reconciliación. Será necesario escuchar historias dolorosas, reconocer errores institucionales y aprender a caminar con personas que han sido profundamente lastimadas por quienes debían acompañarlas.
Pero la oportunidad es inmensa. Si Brasil logra desarrollar una pastoral sólida, formativa, compasiva y respetuosa, podría convertirse en referencia internacional. América Latina observa, atenta, lo que allí sucede. Lo que se construya en Brasil podría abrir caminos para episcopados de otros países que, hasta ahora, han evitado enfrentar el tema. La pastoral no debería temer a las realidades contemporáneas. Por el contrario, debería iluminar los caminos de quienes buscan vivir su fe en medio de ellas.
Más allá de cualquier resistencia interna que pueda surgir —y sin duda surgirá—, este paso honra la esencia del Evangelio. La misión de la Iglesia nunca fue excluir. Nunca fue levantar muros ni colocar barreras de acceso. La misión de la Iglesia siempre fue acompañar, sanar, sostener y abrazar. En ese sentido, lo que Brasil ha hecho no es una concesión a la presión social, como algunos dirán. Es una vuelta a la raíz: a la dignidad humana, a la compasión y al acompañamiento espiritual.
La historia dirá cómo evoluciona este proceso. Lo que ya es claro es que la decisión de la CNBB marca un punto de inflexión. Abre una puerta que parecía cerrada, devuelve esperanza a quienes fueron heridos por la fe que amaban y recuerda a la Iglesia —en Brasil y en el mundo— que su misión pastoral solo puede ser auténtica cuando abraza a todas las personas sin excepción.

