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La propuesta de Adriana Pantoja logra momentos efectivos, con detalles que aún buscan mayor ajuste
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
Un Taliesin Boricua, escrita y dirigida por Adriana Pantoja, presenta su segundo fin de semana de funciones en la Sala Experimental Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce. La producción forma parte de la celebración del 37 aniversario de la compañía de teatro Cuarzo Blanco, Inc.
La pieza parte de la visita del arquitecto Frank Lloyd Wright a Puerto Rico en 1926, específicamente al Hotel Baños de Coamo. A partir de este contexto, se desarrolla una historia que explora el choque de culturas, la identidad y las relaciones humanas. La obra fluye con claridad, combinando momentos de tensión dramática con instantes jocosos que permiten respirar la narrativa. La dirección de Pantoja, quien también firma el libreto, mantiene un control efectivo del ritmo escénico, permitiendo que los personajes se desarrollen con espacio y que la historia avance de manera orgánica.
El elenco responde con un trabajo sólido en conjunto, en el que cada personaje encuentra su lugar dentro de la historia. José Chema Urrutia, Ivonne Arriaga, Cecilia Argüelles, Willy Denton y Esteban Calderón construyen un universo escénico coherente, en el que las relaciones se sienten vivas y bien sostenidas. Dentro de este grupo, destaca particularmente la interpretación de Esteban Calderón, quien logra elevar su personaje no solo desde la palabra, sino también desde el manejo de lo no verbal: sus gestos, miradas y ademanes aportan capas adicionales que enriquecen su presencia en escena y lo convierten en uno de los puntos más memorables de la función.
En términos de caracterización, el trabajo de maquillaje cumple su función dentro de la propuesta, aunque en el caso del personaje interpretado por Ivonne Arriaga se percibe una imagen que no necesariamente corresponde con el momento específico que vive el personaje dentro de la historia, proyectando una apariencia más madura de lo que sugiere la acción dramática.






La propuesta encuentra un apoyo importante en su ficha técnica. La escenografía, a cargo de José Luis Gutiérrez, logra transportar al público al Coamo de la década de 1920 con un diseño que aporta credibilidad y atmósfera. La iluminación de Omar Torres complementa la narrativa, destacándose en momentos donde la puesta introduce elementos más simbólicos. La música de Chenan Martínez, por su parte, refuerza la ambientación y acompaña la acción sin imponerse.
La producción, a cargo de Cuarzo Blanco, integra intérpretes de lenguaje de señas en todas sus funciones, uno asignado a cada actor, lo que amplía el acceso a la experiencia teatral para el público no oyente. Si bien la inclusión es valiosa, además de interpretar en señas, los intérpretes reproducen las acciones y movimientos de los personajes en escena, lo que puede generar distracciones visuales al competir con el desarrollo de las escenas, particularmente en los momentos más pausados. En ese sentido, su función podría mantenerse con mayor efectividad si se concentra exclusivamente en la interpretación de lo hablado.
La obra mantiene una conexión constante con el público al centrarse en un conflicto que va más allá de lo cultural y se enfoca en lo humano. A través del encuentro entre dos realidades distintas, la historia muestra cómo una conversación o una oportunidad pueden marcar un antes y un después en la vida de una persona. En ese proceso, también se percibe una transformación en los personajes, que pasan de la distancia al reconocimiento mutuo. Es en ese cruce de caminos, en donde las diferencias dan paso a la empatía y a la posibilidad, que la obra encuentra su mayor fuerza y logra permanecer en la memoria del espectador.
Un Taliesin Boricua, obra recomendada, continúa funciones hoy y mañana en la Sala Experimental Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce.
