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La obra habla del amor, la libertad, y la identidad desde lo absurdo, sin cinismo ni condescendencia
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
En la Sala Experimental Carlos Marichal, un espacio íntimo donde el absurdo y la verdad se abrazan con la fuerza de un disparo mal dirigido. Esta segunda producción del True Colors Fest, Un tiro por la culata, con dramaturgia de Roberto Alexander Pérez y dirección de Lynnette Salas, se presenta como una comedia explosiva que apunta a los prejuicios, pero dispara con humor y estilo.
Ambientada en el pintoresco (y caóticamente funcional) Hotel Boutique Los Adoquines en Cataño, (¿o es en San Juan?), la obra convierte un escenario costero en campo de batalla emocional. Doña Chón, interpretada con deliciosa rigidez y sabrosura por Sara Pastor, administra el hotel junto a su hija Maricarmen (Yediliz Barbosa, encantadora, precisa y la alegría de la obra), hasta que llega Susana (María Bertorlez, poderosa y versátil) con un plan tan inverosímil como provocador: “rescatar” a su hijo Yoyo de la homofobia y a su vez conseguir un lucro personal, casándose con un hombre. Edwin Emil, como Yoyo, entrega una actuación entrañable que equilibra ternura, furia y vulnerabilidad. Su arco dramático, que va del desconcierto a la afirmación, se convierte en uno de los pilares de la obra. El giro inesperado, el nuevo padrastro, Violín (Scotti Durán, carismático y con buen timing) resulta ser el ex amante del hijo, cosa que desata un caos que la obra explora con gracia, sin perder el ritmo. Mientras, tenemos a un hombre misterioso, Mario Roche, lleno de verdades y ternura, que dará conclusión a los enredos.






El autor Roberto Alexander Pérez, crea jocosidad sin ofender y sin ser vulgar, aunque para mi gusto un poco excesivo el uso de alcohol (aunque no sea real). Pérez, sabe utilizar las nacionalidades y sus acentos como herramienta para crear más enredos, cosa que es muy difícil para los actores y actrices, que lo logran dominar muy hábilmente. En el libreto se juega muy bien con las palabras, los acentos, los significados y los momentos para provocar una serie de enredos y malentendidos muy graciosos. Lo que podría ser una farsa ligera se convierte, bajo la dirección pulida de Lynnette Salas, en una crítica feroz al doble discurso, a los vínculos familiares, y a los límites absurdos de lo que llamamos “normalidad”. La directora, Salas, utiliza técnicas de drama/suspenso (gestos y música) muy atinadas que hacen que el público siga el ritmo de la obra.
La producción no escatima en detalles: el vestuario (Marissa Gómez) resalta las personalidades al borde del cliché sin caer en la caricatura, mientras que la escenografía (Lynnette Salas y Luis Muñoz) convierten el hotel en un lugar muy funcional —a veces acogedor, otras, asfixiante. El maquillaje y peinados de Alexander Pabón hace que cada personaje se proyecte y sea único. La música diseñada por el autor, Roberto Alexander Pérez es justa y necesaria, muy bien lograda, y el diseño de sonido fue de Chenan Martínez. Bravo por la utilería de Marissa Gómez, que hasta sandwichitos de mezcla tienen en el escenario. En conclusión, seguimos anotando posibles nominados a los premios de cada categoría.
Pero lo que verdaderamente da puntería a esta obra es su capacidad de hablar del amor, la libertad, y la identidad desde lo absurdo, sin cinismo ni condescendencia. El caos familiar, los equívocos, y sí, hasta las balas perdidas, apuntan a una verdad incómoda: el amor no cabe en moldes, y quien lo intenta controlar, casi siempre cae ante un tiro por la culata.
Esta producción continua todo el fin de semana, en la Sala Experimental del Centro de Bellas Artes de Santurce, con funciones, viernes y sábado a las 8:30 p.m. y domingo a las 4:00 p.m. Vaya a pasar un buen rato, divertido y ocurrente. No se va a arrepentir.
