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Esta es una obra que nace del deseo de crear y de la necesidad de usar el teatro para pensar el presente
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
La Sala Julia de Burgos se llenó la noche de estreno de PABLO: Mi Amigo Artificial, presentada por el Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico. El ambiente era cercano: estudiantes, profesores y familiares rodeando la escena en un espacio experimental donde el público comparte casi el mismo aire que los actores. La pieza, escrita y dirigida por Esteban Nieves-Pintado como parte de su proceso académico, propone explorar cómo la inteligencia artificial altera los vínculos humanos, especialmente entre jóvenes que viven rodeados de lo digital.
Lo más destacado de la noche fue el trabajo de Steven Emil en el rol de Pablo. Su presencia física, sus movimientos de manos —minuciosos, repetitivos, casi programados— y la claridad de su voz construyen un personaje lleno de intención. Sostuvo largos parlamentos con energía constante y ofreció un cuerpo en escena que comunicaba incluso en silencio. Fue él quien marcó el pulso emocional de la función.
El resto del elenco también merece reconocimiento por la memoria y resistencia escénica que exige esta puesta. Estos fueron: José “Pepe” García, Roxelís Montes, Roberto Molina y Glenis Angelie. Varios pasajes del texto se convierten prácticamente en monólogos extensos, cargados de explicaciones. Mantenerlos en pie, sin romper la continuidad, requiere disciplina.


En cuanto a la dirección, es importante recordar que esta obra se presenta como proyecto final del curso de Dirección Escénica, lo que sitúa el trabajo dentro de un marco formativo. Dirigir el propio libreto es un reto complejo: se pierde ese “segundo par de ojos” que ayuda a identificar repeticiones, excesos o desbalances dentro de la estructura. Si el libreto hubiera estado más depurado, la dirección habría tenido más espacio para trabajar el ritmo interno de la pieza y las relaciones entre personajes. Aun así, la puesta se mantiene funcional y clara. La dirección es aceptable dentro de su contexto académico, y demuestra intención y compromiso.
En el aspecto técnico, la producción sobresale. La escenografía de Skylar Agosto resulta funcional y coherente, la iluminación de Julio A. Ferrao aporta atmósferas y guía la atención, el vestuario a cargo de Roberto Molina ayuda a distinguir presencias y tonos, y la utilería trabajada por Orlando R. Rivera Burgos y equipo completa el universo visual con claridad. Son decisiones que, desde la ejecución, apoyan efectivamente la puesta.
Sin embargo, el libreto —con una duración aproximada de 2 horas y 45 minutos— se extiende más allá de lo que su premisa puede sostener. La obra introduce múltiples temas (filosofía, tecnología, vínculos afectivos, problemas ambientales y económicos) que no terminan de desarrollarse. Algunos se anuncian, se explican, pero no avanzan la historia ni profundizan en las relaciones entre personajes. Esto afecta el ritmo: hubo risas, sí, pero no las suficientes para sostener la comedia; y al no culminar en un conflicto emocional definido, tampoco se asentó como drama. El final se sintió atropellado, como si se buscara cerrar una conversación que nunca llegó a consolidarse por completo.
Aun así, hay algo importante en reconocer este tipo de trabajo: es el primer paso de una voz que está comenzando a buscar su forma. Es una obra que nace del deseo de crear y de la necesidad de usar el teatro para pensar el presente. Eso también tiene valor. Quizás la próxima etapa de este proyecto no sea añadir más, sino decidir qué dejar ir, qué decir con menos, con más claridad y más foco en lo humano.
Les restan funciones hoy 31 de octubre de 2025, a las 8:00 p.m., en el Teatro Julia de Burgos del Recinto de Río Piedras. Donativo sugerido: $10.
