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La nueva intervención de Elizabeth Torres fue presentada como una disculpa, pero terminó siendo una defensa de las ideas que provocaron el daño
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, pastor de la Iglesia Luterana en Puerto Rico
Pedir disculpas exige algo más profundo que pronunciar la palabra “perdón”. Implica reconocer el daño causado, asumir la responsabilidad sin pasarla a otras personas y renunciar al lenguaje que produjo la herida. Una disculpa no puede convertirse en una tribuna desde la cual se repite el agravio, se justifican los prejuicios y se ataca a quienes ni siquiera participaron en la controversia.
Elizabeth Torres publicó un video después de haber identificado públicamente a Antonella como una mujer trans y exigir evidencias sobre su sexualidad. Su nueva intervención fue presentada como una disculpa, pero terminó siendo una defensa de las ideas que provocaron el daño. Admitió que se dejó llevar por la apariencia y la percepción, aunque inmediatamente intentó explicar su equivocación mediante una teoría sobre las agencias de modelaje, la androginia, los rasgos masculinos y femeninos, y lo que ella denomina “agenda de género”.
La explicación no repara la ofensa. Al contrario, prolonga la misma práctica de observar los cuerpos ajenos para decidir si parecen suficientemente masculinos o femeninos. Hablar de hombres con “rasgos femeninos fuertes” y mujeres con “rasgos masculinos fuertes” supone que existe una medida universal de masculinidad y feminidad, y que algunas personas poseen la autoridad para aplicarla. ¿Quién ha establecido esa medida? ¿Quién decide cómo debe lucir una mujer para ser reconocida como tal o qué rasgos debe tener un hombre para no despertar sospechas?
Antonella no tenía que demostrar nada. Su cuerpo, su identidad, su familia y su historia no debieron convertirse en materia de especulación pública. La dignidad de una persona no depende de que logre satisfacer las expectativas de quienes se atribuyen el derecho de inspeccionar su apariencia. Tampoco depende de su sexo, su identidad de género o su orientación sexual. La dignidad humana no se concede después de verificar documentos, examinar fotografías o escuchar explicaciones familiares.
El problema adquiere otra dimensión cuando la supuesta disculpa utiliza la experiencia de Antonella y de su madre para continuar una campaña contra las personas trans. Elizabeth Torres interpreta algunas expresiones de ambas como una validación de su propia lucha ideológica y presenta su equivocación como una advertencia sobre los peligros de la identidad de género. De ese modo, la persona agraviada deja de ser el centro de la reparación y se convierte en un instrumento para sostener el discurso de quien la agravió.
No es posible reparar el daño causado a una mujer mientras se degrada a otras. Tampoco se puede pedir respeto para Antonella insinuando que las mujeres trans representan una mentira o que sus vidas son conductas que deben tolerarse, aunque jamás reconocerse en igualdad. La solidaridad que selecciona quién merece dignidad y quién debe permanecer bajo sospecha no es solidaridad. Es una jerarquía humana construida desde el prejuicio.
Una disculpa responsable habría sido sencilla. Habría reconocido que se difundió una afirmación sin fundamento, que se invadió la intimidad de Antonella y que ninguna persona debe ser sometida a semejante escrutinio. No necesitaba referencias a agencias de modelos, pasarelas, estilos de vida ni luchas políticas. Mucho menos necesitaba transformar el sufrimiento de Antonella en una oportunidad para reafirmar posiciones contra la comunidad LGBTQ+.
Resulta preocupante, además, pedir que Antonella y su madre “atesoren” la disculpa. Quien ha sido herido no tiene la obligación de agradecer las palabras de quien lo hirió. Una disculpa no es un regalo que deba recibirse con admiración, sino un acto de humildad cuya aceptación pertenece exclusivamente a la persona agraviada. Nadie puede imponer el perdón, establecer las condiciones para recibirlo o exigir que los medios reproduzcan íntegramente una explicación concebida para proteger la imagen de quien se equivocó.
El odio no siempre llega gritando. En ocasiones se expresa con aparente serenidad, se presenta como sentido común y se cubre con palabras como verdad, biología, respeto o preocupación. Sin embargo, sigue siendo peligroso cuando convierte la existencia de otras personas en amenaza, describe sus identidades como mentira y las responsabiliza de una equivocación cometida por quien decidió juzgarlas.
Esto no significa que toda expresión desacertada convierta automáticamente a una persona en enemiga irreparable. Significa que las palabras públicas tienen consecuencias y que una rectificación verdadera debe demostrar voluntad de aprender. Todas las personas podemos equivocarnos, pero la diferencia se encuentra en lo que hacemos después: podemos escuchar y corregirnos, o podemos utilizar la palabra “disculpa” para encontrar una forma más aceptable de repetir lo mismo.
Antonella merecía una disculpa sin condiciones, excusas ni apropiaciones. Las personas trans también merecen vivir sin que sus cuerpos sean empleados como advertencia, comparación o argumento político. Defender una dignidad a costa de otra nunca será reparación.
Las palabras pueden sanar, pero solamente lo hacen cuando nacen de la verdad, la responsabilidad y el deseo de no volver a causar el mismo daño. Todo lo demás puede sonar a disculpa, aunque continúe siendo apenas eso: palabras, palabras y nada más.
