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Cambian los tiempos, las modas vienen y van, y el vino sobrevive a tendencias, como testigo de estos rítmicos vaivenes
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Amanda Díaz de Hoyo, periodista de vinos y gastronomía
Plantearse la razón por la que uno ha dedicado la vida a escribir de vinos mientras piensas cómo educar sobre el uso de las diferentes copas, me hizo pensar que la vida se ha simplificado de muchas maneras. Con una mente saltarina, volví a insistirme ese por qué escribes de vinos cuando hay tantos nuevos talentos que hablan de lo mismo…Tranquila mente inquisitiva, voy a contestarme y voy a tocar el tema de las copas.
Cada vez que escribo de vinos doy un viaje al interior de mi conciencia, me traslado a los suelos, a las viñas y a las manos que hacen posible su cultivo. Me muevo por los suelos calcáreos, arcillosos, arenosos y de pizarra, en donde la raíz sedente se hunde buscando la humedad necesaria para subsistir. En ese estrés hídrico se fortalece la vid y produce la fruta. Cada suelo, cada cepa y cada clima dan su mejor cara. Me transforma el recuerdo de los aromas de campo, del sonido de las ramas que saludan al viento y de los pájaros e insectos que pernean por los entornos. Claro, me transforma la observación y el trabajo del hombre y su respeto por los suelos y los recursos del planeta.
Escribo de vinos por la Humanidad, la historia, la cultura, la ciencia, la educación, el arte y la pasión que conlleva. Eso lo veo en cada vino que se vierte en mi copa, en sus niveles de complejidad o en la simpleza de su sabor. Cada sorbo es una emoción irrepetible, única.

Por eso es importante la copa, que me permita absorber todo el esplendor sensorial del vino que ocupe el espacio. Ahí anclo mi nariz, luego de pasear la vista por el color y la lágrima, donde cada partícula se integra en la alquimia que llega al paladar, para darme sed de aventura y ansias de conocer más sobre este misterio químico, físico, biológico y hasta etéreo que se presenta en cada botella.
Cambian los tiempos, las modas vienen y van, y el vino sobrevive a tendencias, como testigo de estos rítmicos vaivenes. Entonces, el aspecto social florece con mayor profundidad y llegan innovadoras opiniones, y vuelves a compartir en un mundo en que se estila la soledad y el individualismo.
Escribo de vinos porque entro en una dimensión que me saca de lo cotidiano y me reta, porque me inspira y me hace recuperar recuerdos en esos archivos marcados por siempre en la memoria.
Entonces, regreso al tema de las copas, ese que algún día me causó desvelos por las fotos que requería un escrito para algún medio noticioso. Tranquila, cepa creativa, que antes las copas marcaban un sutil discrimine, copas para blancos, para tintos o espumosos, copas para ver si sabías algo de gracias sociales en un entorno en donde el dinero era símbolo de poder, pero no necesariamente conocimiento y educación. Por desgracia, las mañas del ego permanecen pero hay que ser genuino, y eso se ha aprendido a apreciar.
Bebo vino en la copa en la que pueda analizarlo, con todos mis sentidos y en cada suspiro busco aroma, sabor y post gusto. Esto sí, estoy haciendo un trabajo concienzudo porque reconozco que el mejor vino se toma cuando se comparte en camaradería, en el ambiente que convenga y en donde te lo goces con mesura. Es tu experiencia la que cuenta, no si es una flauta o un tulipán la manera de servirlo, es la actitud al recibirlo.
