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Un éxodo forzado marcado por la violencia y la exclusión
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
La migración en 2025 no ha sido, para miles de personas LGBTQ+, una decisión libre ni una estrategia de movilidad económica. Ha sido una salida forzada. Un acto de supervivencia frente a contextos donde existir se convierte en un riesgo permanente. Detrás de las cifras de desplazamiento humano que marcaron el año, se esconde una realidad poco nombrada: la de quienes abandonan sus países no solo por pobreza o inestabilidad política, sino por violencia directa vinculada a su orientación sexual o identidad de género.
En amplias regiones de América Latina y el Caribe, así como en otros países del sur global, las personas LGBTQ+ continúan enfrentando agresiones físicas, amenazas, extorsión, violencia sexual, exclusión laboral, persecución social y una profunda desprotección institucional. Para muchas, permanecer en sus países de origen implica exponerse a un daño constante o, en el peor de los casos, a la muerte. Migrar se convierte entonces en la única alternativa posible.
Una de las rutas más peligrosas que sigue marcando el mapa migratorio del continente es la selva del Darién, conocida como el Tapón del Darién por la interrupción de la Carretera Panamericana entre Colombia y Panamá. Aunque en 2025 se registró una disminución significativa del número total de personas que atravesaron esta zona en comparación con años anteriores, la reducción del flujo no significó una reducción del riesgo. La selva continúa siendo un territorio de muerte, desapariciones, violencia sexual, robos y ausencia casi total de protección estatal.
Para las personas LGBTQ+, el peligro es mayor. Informes de organizaciones de derechos humanos han documentado que quienes no se ajustan a normas tradicionales de género son blanco frecuente de agresiones durante el tránsito migratorio. Muchas personas optan por ocultar su identidad para evitar ataques, lo que las obliga a vivir en un estado permanente de miedo e invisibilidad. Otras, especialmente personas trans o de expresión de género no normativa, no pueden esconder quiénes son y quedan aún más expuestas a la violencia.
La experiencia migratoria de la población LGBTQ+ en 2025 estuvo atravesada por una triple vulnerabilidad. Primero, la expulsión. No se trata de migración por elección, sino de desplazamiento forzado. La criminalización social, el rechazo familiar, la hostilidad cultural y religiosa, la falta de oportunidades y la violencia estructural empujan a estas personas fuera de sus países de origen.
Segundo, la ruta. Desde la selva del Darién hasta desiertos, ríos, campamentos improvisados y centros de detención, las personas LGBTQ+ enfrentan riesgos específicos. La violencia sexual contra mujeres lesbianas y personas trans sigue siendo una de las agresiones más silenciadas y menos denunciadas, agravada por el temor a represalias y la ausencia de mecanismos efectivos de protección.
Tercero, la llegada. Para una mayoría, el destino esperado es Estados Unidos. Sin embargo, lejos de representar un punto de alivio inmediato, la frontera se ha convertido en un nuevo muro de contención. En 2025, los cambios en los procedimientos de asilo, el uso ampliado de detenciones y las expulsiones aceleradas han generado un escenario de incertidumbre prolongada para personas que ya llegan marcadas por el trauma.
En ese contexto, uno de los casos que generó atención pública fue el de un joven maquillista venezolano, abiertamente gay, que tras haber permanecido un tiempo en Estados Unidos fue detenido por autoridades migratorias y posteriormente expulsado del país. Su historia, difundida por organizaciones de derechos humanos y medios independientes, puso en evidencia cómo personas que habían comenzado a reconstruir su vida, trabajar y encontrar espacios mínimos de estabilidad pueden quedar súbitamente atrapadas en procesos migratorios que no siempre ponderan de forma adecuada el riesgo real que enfrentan al ser devueltas.
Más allá de su nombre o de los detalles particulares, el caso expuso una realidad más amplia: la dificultad de muchos sistemas de asilo para reconocer la persecución por orientación sexual o identidad de género como una amenaza persistente, incluso cuando la persona ya ha logrado insertarse parcialmente en la sociedad de acogida. La detención y expulsión, en estos casos, no solo interrumpen proyectos de vida, sino que pueden devolver a las personas a contextos de violencia de los que habían huido.
Las cifras oficiales sobre migración rara vez incluyen datos desagregados sobre orientación sexual o identidad de género. Sin embargo, organizaciones como WOLA, ACNUR y Human Rights Watch han advertido que una parte significativa de las solicitudes de asilo en el continente está relacionada con violencia por motivos de identidad y expresión de género. La ausencia de estadísticas específicas no es una omisión neutra, sino una forma de invisibilización que impide dimensionar la magnitud real del fenómeno.
En 2025, distintos informes regionales coincidieron en señalar que las personas LGBTQ+ migrantes enfrentan mayores obstáculos para acceder a albergues seguros, atención médica adecuada y procesos de regularización migratoria, tanto durante el tránsito como al llegar a su destino. La precariedad se intensifica cuando la discriminación acompaña cada etapa del desplazamiento.
Este no es un debate ideológico ni una disputa partidista. Es una cuestión de derechos humanos. Nadie cruza selvas, desiertos y fronteras militarizadas por capricho. Nadie expone su cuerpo y su vida si existe una alternativa real para vivir sin miedo. Reducir la migración LGBTQ+ a discursos de control o conveniencia política es ignorar las causas profundas que la provocan.
El balance de 2025 deja una evidencia clara. Mientras las políticas migratorias se endurecen y los discursos públicos se vuelven más restrictivos, las condiciones que expulsan a las personas LGBTQ+ de sus países permanecen intactas. La violencia, la exclusión y la negación de derechos siguen siendo motores de un éxodo silencioso que no se detiene en la frontera.
Hablar de migración sin mirar de frente lo que vive la comunidad LGBTQ+ es ofrecer un relato incompleto. Reconocer esta realidad no implica conceder privilegios, sino asumir responsabilidades. Implica construir sistemas de asilo sensibles, procesos justos, datos transparentes y una voluntad real de proteger la vida humana.
La migración LGBTQ+ en 2025 no es una amenaza. Es un reflejo incómodo de cuánto aún fallamos como sociedades. Y mientras ese reflejo siga mostrando violencia, exclusión y desprotección, el desplazamiento forzado continuará siendo, para demasiadas personas, la única forma de seguir con vida.
