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Hay figuras y discursos que no sobreviven por la consistencia de sus ideas, sino por la insistencia con la que se les menciona. Existen porque se les repite…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Vivimos en una época dominada por la repetición. Los nombres circulan con velocidad, ocupan titulares, se incrustan en conversaciones cotidianas y terminan definiendo el clima emocional de sociedades enteras. En ese escenario saturado de palabras, hay una decisión que parece contracultural y, sin embargo, profundamente necesaria: el derecho a no nombrar.
Nombrar no es un acto neutro. Nombrar es otorgar presencia, centralidad y poder simbólico. En el ecosistema mediático contemporáneo, el nombre se ha convertido en una forma de capital: cuanto más se pronuncia, más se fortalece; cuanto más se discute, más se consolida. Hay figuras y discursos que no sobreviven por la consistencia de sus ideas, sino por la insistencia con la que se les menciona. Existen porque se les repite.
Desde esta lógica, no nombrar no equivale a negar la realidad. Es, más bien, una forma consciente de no alimentar aquello que vive del eco. Es una elección ética sobre qué merece ocupar el centro del relato público y qué no. El silencio, en estos casos, no es vacío; es desplazamiento deliberado.
En el periodismo, esta decisión resulta incómoda. Se nos ha enseñado que informar implica amplificar, que cubrir significa repetir, que el deber profesional consiste en seguir el pulso de lo que más ruido genera. Sin embargo, el periodismo también es jerarquización, criterio y responsabilidad. Elegir qué no reproducir puede ser tan relevante como decidir qué contar. No todo lo que irrumpe con estridencia merece atención sostenida.
En la esfera política, el derecho a no nombrar adquiere un peso particular. Hay discursos que se fortalecen precisamente en la confrontación permanente. Se nutren del escándalo, del rechazo y de la omnipresencia. Para ellos, incluso la crítica funciona como combustible. Frente a estas dinámicas, el silencio estratégico —no la indiferencia, sino el silencio consciente— puede resultar más desestabilizador que la denuncia repetida hasta el agotamiento.
Culturalmente, habitamos una lógica de espectáculo continuo. Todo debe generar reacción inmediata. Todo debe ser visible, comentado, compartido. En ese contexto, no nombrar es una forma de resistencia al ritmo impuesto. Es bajar el volumen del ruido para permitir que otras historias —menos estridentes pero más humanas— encuentren espacio. Es recordar que la visibilidad no siempre equivale a relevancia.
El derecho a no nombrar también tiene una dimensión íntima. Hay nombres que hieren. Nombres que, al pronunciarse, reactivan miedo, cansancio o desesperanza. Elegir no decirlos no implica desconocer su impacto, sino negarles dominio sobre el propio lenguaje. El lenguaje no es solo herramienta de comunicación; es territorio. Y no todo merece habitarlo.
No nombrar no responde al miedo ni al deseo de borrar la realidad, sino a una decisión consciente sobre el uso de la palabra. En un tiempo donde la repetición funciona como mecanismo de poder, elegir el silencio frente a ciertos nombres es una forma de marcar límites y recuperar el control del lenguaje. No se trata de censura ni de evasión, sino de responsabilidad: decidir qué ocupa el centro de la conversación pública y qué no. Porque cuando todo se dice sin discernimiento, la palabra se desgasta, pierde sentido y deja de servir a la vida.
Quizás hemos dedicado demasiadas palabras a nombres que no construyen nada y muy pocas a valores, gestos y resistencias silenciosas que sostienen la vida cotidiana. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea hablar más, sino hablar con mayor responsabilidad. Y, en ocasiones, esa responsabilidad comienza con una decisión sencilla y difícil a la vez: saber qué nombres no pronunciar.
