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Hay expresiones que construyen puentes y otras que levantan muros. Hay palabras que invitan al encuentro y otras que terminan justificando el rechazo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Hay momentos en los que un hecho deja de ser una noticia para convertirse en el reflejo de un problema mucho más profundo. Lo ocurrido el pasado 28 de junio frente a One Church, en Comerío, pertenece a esa categoría.
Desconozco quién pintó sobre el asfalto y una baranda los colores del arcoíris. Desconozco cuáles fueron sus motivaciones y tampoco me corresponde justificarlas. Si alguien entiende que se cometió una infracción, existen las autoridades y los mecanismos legales para atenderla. Ese no es el punto de esta reflexión.
El punto son las palabras.
Horas después de que aparecieran aquellos colores, el pastor Jorge J. Santiago Reyes realizó una transmisión en vivo a través de las redes sociales. Dijo sentirse amenazado. Describió lo ocurrido como un ataque físico contra su iglesia. Se mostró molesto y desilusionado. Llamó “cobardes” y “charlatanes” a quienes pintaron el arcoíris. Manifestó su descontento con el respaldo que, según él, el gobierno municipal de Comerío brinda a la comunidad LGBTQ+ y con quienes apoyan publicaciones relacionadas con esa comunidad. Repitió en varias ocasiones que quienes realizaron aquella acción “se pasaron de la raya”. Finalizó su mensaje afirmando: “Estos charlatanes hay que pararlos”.
Mientras escuchaba sus palabras, dejé de pensar en la pintura.
Comencé a pensar en el miedo.
Hay una expresión que el pastor repite una y otra vez: “Se pasaron de la raya”. Sin embargo, nunca explica cuál es esa raya. Si habla de una posible violación de la ley, serán las autoridades quienes deban determinarlo. Si se refiere al respeto por la propiedad, también existen procedimientos para atenderlo. Pero cuando esa línea nunca queda definida y el discurso termina asociando un arcoíris con una amenaza, la pregunta cambia. Ya no se trata de una baranda ni del asfalto. Se trata de comprender cuál es el verdadero límite que, a juicio del pastor, fue cruzado.
Porque la pintura puede borrarse.
Basta una brocha para cubrir el asfalto y devolverle su color a una baranda.
Lo que no desaparece es el significado de esos colores.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero conflicto.
No deja de resultar significativo que todo ocurriera precisamente el 28 de junio, el día en que la comunidad LGBTQ+ conmemora una historia marcada por la exclusión, la violencia y la lucha por la dignidad. Lo que para millones de personas representa memoria, esperanza y la posibilidad de vivir sin esconderse, terminó siendo presentado como una amenaza.
No conozco las razones de quienes pintaron ese arcoíris. Tampoco necesito conocerlas para preguntarme si esas son las palabras que la sociedad espera escuchar de un pastor.
Un líder religioso puede sentirse herido, frustrado o indignado. Lo que no puede perder de vista es la responsabilidad que acompaña cada una de sus expresiones. Sus palabras no terminan cuando concluye una transmisión en vivo. Trascienden el espacio de su iglesia, llegan a personas que jamás compartirán su fe y terminan moldeando la manera en que otros miran a quienes piensan distinto. Cuando un pastor llama “charlatanes” y “cobardes” a otras personas, afirma que “hay que pararlos” y convierte un arcoíris en la evidencia de un ataque, deja de hablar únicamente desde su frustración. Comienza a construir un discurso que puede alimentar el rechazo hacia una comunidad mucho más amplia que las personas responsables de aquel acto.
Hubo otro momento de la transmisión que también llamó mi atención. El pastor recordó cuánto ha servido a Comerío, cuánto ha acompañado a su comunidad y cuánto ha trabajado por ella. No tengo razones para poner en duda ese servicio. Estoy seguro de que muchas personas podrán dar testimonio del bien que ha realizado.
Precisamente por eso me resultó difícil escucharlo.
La vocación pastoral no consiste en recordarle a un pueblo todo lo que se ha hecho por él cuando aparece el conflicto. El servicio no pierde su valor cuando no es reconocido; lo pierde cuando se convierte en argumento para reclamar un lugar moral desde el cual hablarle a los demás. Quien sirve lo hace porque ese es su llamado, no porque espere que ese servicio le otorgue autoridad para descalificar a quienes piensan distinto.
Como pastor, esa parte del mensaje me produjo una profunda inquietud. No porque espere que los ministros de Dios sean perfectos. No lo somos. Pero precisamente porque nuestras palabras tienen peso, estamos llamados a pronunciarlas con una responsabilidad mayor. Hay expresiones que construyen puentes y otras que levantan muros. Hay palabras que invitan al encuentro y otras que terminan justificando el rechazo.
La pintura desaparecerá. Bastará una brocha para cubrir el asfalto y devolverle su color a la baranda.
Las palabras no desaparecerán con la misma facilidad.
Quedarán registradas en un video, compartidas una y otra vez en las redes sociales y recordadas por quienes las escucharon. Permanecerán mucho después de que el último rastro de pintura haya sido borrado.
Por eso, cuando este episodio sea recordado, probablemente no será por el arcoíris que apareció frente a One Church, en Comerío.
Será por las palabras que un pastor escogió para hablar de él.
Y esa diferencia lo cambia todo.
