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El país necesita preguntarse qué ocurre después de las ceremonias de graduación, cuando desaparecen los aplausos y comienza la búsqueda de empleo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada, Pride Society Magazine
La fotografía de graduación suele ocupar un lugar especial en los hogares puertorriqueños. Detrás de cada diploma hay años de sacrificios familiares, matrículas pagadas con dificultad, préstamos estudiantiles y largas jornadas entre el trabajo y los salones de clase. Sin embargo, para muchos jóvenes, aquella celebración que parecía anunciar el comienzo de una carrera profesional termina convirtiéndose en el preludio de una despedida. Meses después, algunos están preparando sus maletas con destino a Florida, Texas, Nueva York o cualquier otro estado donde esperan encontrar mejores condiciones económicas.
La emigración de profesionales no es un fenómeno reciente en Puerto Rico, aunque sus consecuencias continúan planteando interrogantes sobre el desarrollo económico y las oportunidades disponibles para las nuevas generaciones. El Instituto de Estadísticas ha documentado durante años los movimientos migratorios de la población, mientras distintas investigaciones académicas han examinado la relación entre salarios, condiciones laborales y decisiones de traslado hacia Estados Unidos.
Un informe de la Oficina de Presupuesto de la Asamblea Legislativa, que estudió el periodo comprendido entre 2008 y 2022, identificó un saldo migratorio neto negativo acumulado de aproximadamente 697,000 personas. Cerca del 41 % correspondía a edades entre los 18 y 34 años. Aunque estas cifras no representan exclusivamente a graduados universitarios ni describen por sí solas la situación actual, permiten comprender la magnitud histórica de la pérdida de población joven.
Pero detrás de las estadísticas existe una realidad que merece atención. Hay personas que concluyen estudios en enfermería, educación, ingeniería, comunicaciones, administración o trabajo social y descubren que las ofertas disponibles no siempre corresponden con su preparación académica ni con las necesidades económicas que enfrentan. Conseguir un empleo tampoco significa necesariamente alcanzar independencia financiera, particularmente cuando los gastos de vivienda, transportación, alimentación y servicios esenciales absorben una parte considerable del salario.
Resulta necesario examinar también las experiencias de quienes, después de obtener un título universitario, deciden aceptar trabajos ajenos a su especialidad en territorio estadounidense. Algunos pueden encontrar en la construcción, el mantenimiento de jardines, los almacenes o los servicios de limpieza una alternativa para comenzar nuevamente. No porque esas ocupaciones tengan menos dignidad, sino porque representan una decisión económica que merece ser comprendida. Para determinar cuán extendida está esta situación hacen falta investigaciones específicas y testimonios de quienes la viven.
La discusión tampoco debería reducirse a comparar salarios. Una remuneración aparentemente atractiva puede perder parte de su ventaja frente al costo de vivienda, los seguros médicos, los impuestos y otros gastos asociados con establecerse en un nuevo lugar. Aun así, las posibilidades de crecimiento profesional, estabilidad contractual y movilidad laboral pueden influir considerablemente en la decisión de emigrar.
Puerto Rico enfrenta, por tanto, un desafío que compromete a las universidades, las empresas y las instituciones gubernamentales. Formar profesionales requiere recursos públicos, inversión familiar y un esfuerzo personal considerable. Si una parte de ese capital humano termina desarrollándose fuera del país, corresponde examinar las condiciones que dificultan su incorporación al mercado laboral local y las consecuencias que ello tiene para los servicios y las comunidades.
Las instituciones universitarias también tienen una responsabilidad en esta conversación. Conocer las experiencias de sus egresados, identificar las dificultades de inserción profesional y establecer vínculos efectivos con los sectores productivos permitiría evaluar si la formación académica responde a las necesidades presentes y futuras del país. Esto no significa subordinar la educación exclusivamente al mercado, sino reconocer que las expectativas de quienes estudian incluyen la posibilidad de ejercer su profesión y sostenerse económicamente.
Sería injusto interpretar cada partida como una expresión de desinterés por Puerto Rico. Muchos jóvenes mantienen vínculos profundos con sus familias, sus comunidades y su cultura. Algunos regresan, otros contribuyen económicamente desde la distancia y muchos conservan la esperanza de volver si las circunstancias lo permiten. La movilidad también puede responder a aspiraciones personales legítimas que ninguna sociedad debería censurar.
Lo preocupante aparece cuando marcharse deja de percibirse como una posibilidad entre varias y comienza a sentirse como la única alternativa razonable. Ahí la discusión adquiere una dimensión colectiva, porque las decisiones individuales terminan reflejando dificultades que requieren respuestas institucionales.
Durante años hemos escuchado que la juventud representa el futuro de Puerto Rico. Sin embargo, ese reconocimiento pierde sentido si no se traduce en condiciones concretas para quienes desean permanecer. El país necesita preguntarse qué ocurre después de las ceremonias de graduación, cuando desaparecen los aplausos y comienza la búsqueda de empleo.
Retener talento no consiste en pedir sacrificios adicionales ni en apelar al patriotismo para justificar salarios insuficientes. Requiere oportunidades profesionales, remuneraciones competitivas, acceso a vivienda y perspectivas reales de crecimiento. Mientras esas condiciones continúen siendo difíciles de alcanzar para una parte de la juventud, el diploma universitario seguirá acompañando a muchos puertorriqueños en un viaje que quizás nunca imaginaron tener que emprender.
