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La historia de Puerto Rico ha estado marcada por la lucha de su pueblo por romper el vínculo colonial y lograr su independencia de Estados Unidos. Liberales, izquierdistas e ilustres han dejado la huella del nacionalismo político en los anales de nuestra historia. Muchos de ellos, como Pedro Albizu Campos, lograron fomentar ideales de justicia y libertad, ejerciendo la expresión pública como herramienta de resistencia.
Por eso no resulta extraño ver, una y otra vez, a influencers, artistas y ciudadanos comunes abogar por lo que es de uno: la cultura, la dignidad y el amor a la patria.
En estos tiempos, el mayor referente es Benito, también conocido como Bad Bunny. Con una mezcla de ritmos y alabanzas poéticas, el conejo malo ha logrado unificar, a través de la música, generaciones enteras de puertorriqueños que día a día buscan reconocerse y afirmarse en su puertorriqueñidad.
Y es que, al igual que Albizu, Benito solo busca un sitial donde Puerto Rico se vea, incluso, desde la Luna.
Albizu, con su oratoria separatista, logró que el mundo mirara a nuestra isla en clave política, desde una voz férrea y visionaria. Su discurso se tejía en plazas, cartas y actos públicos, en un tiempo sin redes sociales ni micrófonos globales.
Hoy, Benito abre otra oportunidad para rescatar la cultura, amplificar lo nuestro y gritar el 100×35 con altoparlantes de alta frecuencia musical. Sus letras, lejos de ser “cafres” o “groseras”, como algunos alegan, se inscriben en una especie de naturalismo contemporáneo, donde la crudeza, el cuerpo y lo marginal se convierten en materia poética. Como en el naturalismo literario puertorriqueño de finales del siglo XIX, cuando autores como Manuel Zeno Gandía retrataron sin adornos lo social, lo instintivo y lo visceral, estas letras exponen sin máscaras la verdad de un pueblo que ya no quiere pedir permiso.
Algo similar hizo Albizu desde las limitadas posibilidades mediáticas de su época. Porque si Albizu hubiera tenido Instagram, el cuento sería otro.
En paralelo, la residencia de Bad Bunny provoca tanto interés como picazón. Y aunque algunos se llenen de ronchas y vomiten bilis de rabia, no pueden negar que lo que el conejo ha hecho es un suero de valores, costumbres y economía para el país.
Y mientras el aparato gubernamental se rompe la cabeza aprobando leyes absurdas contra mujeres, niños y la comunidad LGBTQ+, Benito sigue componiendo una revolución mundial que apenas comienza.
Al tiempo que los líderes del país se asoman con miedo por las ventanas de sus casas viendo cómo se apaga el sueño estadista, yo me siento a ver al país prenderse de orgullo patrio en las calles, en las tiendas y en los comercios, donde en los anaqueles ya no solo se vende música, sino el elixir mismo de la libertad.

