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No puedo aceptar la imagen de un Dios que derriba una casa para demostrar su poder, sepulta una familia para corregir una conducta o utiliza la muerte de seres humanos para enviar mensajes políticos, religiosos o morales
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero Pride Society Magazine
Hay reflexiones que se hacen necesarias porque existen momentos en los que guardar silencio puede significar dejar espacio a quienes convierten el dolor ajeno en argumento para sus propias causas. Este lunes le ha tocado a Colombia enfrentar uno de esos momentos, a esa tierra donde el olor del café se mezcla con el rocío de sus montañas, sus tradiciones, su música, sus acentos y la extraordinaria diversidad de un país que tantas veces ha tenido que aprender a continuar en medio de circunstancias difíciles.
La tierra comenzó a moverse y el estremecimiento recorrió buena parte del territorio colombiano. El epicentro estuvo en San José del Palmar, en el Chocó, pero sus efectos desbordaron cualquier referencia a un solo lugar. Pereira, Manizales, Armenia, Cali, Quibdó, Ibagué y Bogotá estuvieron entre las ciudades donde el sismo se sintió o dejó daños, mientras desde diferentes regiones comenzaban a llegar imágenes que daban cuenta de su fuerza. No todos los lugares sufrieron la misma destrucción, pero durante aquellos segundos millones de personas compartieron una experiencia semejante de miedo, incertidumbre y fragilidad.
Algunas imágenes son difíciles de olvidar. Torres y estructuras que durante años habían formado parte del paisaje cedieron ante la fuerza de la tierra, viviendas quedaron destruidas y miles de personas abandonaron edificios intentando ponerse a salvo. Desde Bogotá llegó una escena particularmente estremecedora. En lo alto de un edificio en construcción, varios obreros se aferraban a las vigas mientras la estructura oscilaba violentamente. El acero, asociado casi siempre con firmeza y resistencia, parecía doblegarse mientras aquellos hombres intentaban sostenerse esperando que el movimiento terminara.
Hay algo profundamente humano en esa imagen. Trabajadores acostumbrados a permanecer a decenas de metros de altura, rodeados de hormigón y acero, descubrieron repentinamente que aquello que parecía inconmovible también podía estremecerse bajo sus pies. Durante unos segundos desaparecieron profesiones, posiciones sociales, procedencias y diferencias. Quedaron solamente seres humanos intentando permanecer en pie.
Mientras Bogotá vivía escenas como aquella, otras regiones comenzaban a descubrir una realidad mucho más dolorosa. Llegaron las noticias de derrumbes, personas atrapadas, heridos y familias buscando desesperadamente información sobre los suyos. Con el transcurso de las horas aparecieron también los nombres y los rostros detrás de las cifras, porque una tragedia deja de ser estadística en el instante en que descubrimos que cada número representa una vida, una familia y una historia que hasta unas horas antes continuaba escribiéndose con normalidad.
Colombia venía de atravesar una de las jornadas electorales más intensas de los últimos años y apenas comenzaba una nueva etapa política cuando la naturaleza irrumpió sin preguntar quién había ganado, quién había perdido, quién celebraba o quién continuaba inconforme con el resultado. Sin embargo, mientras el país intentaba responder a la emergencia, comenzaron a circular en las redes sociales memes, imágenes manipuladas, burlas y comentarios que pretendían encontrar responsables para aquello que no los tiene.
El humor forma parte de nuestra manera de enfrentar incluso las circunstancias más difíciles y nadie debería pretender arrebatarnos esa capacidad, pero cada cosa tiene su tiempo. Frente a una persona que acaba de perder su casa, una familia que espera noticias de alguien desaparecido o quienes intentan reconocer entre los escombros aquello que hasta ayer llamaban hogar, la respuesta inmediata debería comenzar por el respeto y la capacidad de acompañar.
La tragedia no necesita culpables.
Un terremoto no ocurre porque durante cuatro años haya gobernado la izquierda ni porque ahora gobierne la derecha. No sucede porque unos hayan votado por determinado candidato y otros por su adversario. La tierra desconoce elecciones, encuestas, discursos, victorias y derrotas, y mucho menos distingue los colores con los que decidimos representar nuestras diferencias políticas. Relacionar una catástrofe natural con el resultado de unas elecciones termina utilizando el sufrimiento de quienes la padecen para prolongar una discusión que perfectamente puede esperar.
Algo parecido sucede con las explicaciones religiosas que inevitablemente comienzan a circular después de una catástrofe. Basta recorrer las redes sociales para encontrar a quienes intentan descubrir un castigo, una advertencia o alguna relación entre el desastre y aquello que previamente consideraban moralmente incorrecto. De repente aparecen la orientación sexual, la identidad de género, las transformaciones culturales, las creencias religiosas, la manera de vestir, la música que escuchamos y hasta nuestras decisiones personales convertidas en supuestas explicaciones de un fenómeno que no necesita ninguna de ellas.
Hay algo particularmente cruel en esa manera de interpretar el sufrimiento porque termina colocando sobre las víctimas una responsabilidad que no les pertenece. Una madre que espera noticias de su hijo, una familia que perdió su casa o alguien que intenta reconocer entre los restos aquello que hasta unas horas antes formaba parte de su vida no necesita que un desconocido llegue para explicarle qué pecado provocó su desgracia.
Tampoco resulta razonable colocar a Dios en el lugar de responsable. Conozco suficientemente la fe y su lenguaje para saber que durante siglos los seres humanos hemos intentado explicar aquello que nos sobrepasa recurriendo a Dios, algunas veces para encontrar consuelo y otras, lamentablemente, para justificar nuestros propios prejuicios. Atribuir una catástrofe a la voluntad divina termina dibujando un dios construido a nuestra imagen, dispuesto a castigar precisamente a aquellos que nosotros ya habíamos decidido condenar.
No puedo aceptar la imagen de un Dios que derriba una casa para demostrar su poder, sepulta una familia para corregir una conducta o utiliza la muerte de seres humanos para enviar mensajes políticos, religiosos o morales. Si la fe tiene algo que aportar en estas horas, probablemente no sea una explicación del terremoto, sino la capacidad de acompañar a quienes sufren sin preguntar primero qué piensan, cómo viven, por quién votaron o de qué manera entienden a Dios.
Mientras algunos utilizaban las redes sociales para señalar, juzgar o construir explicaciones alrededor de lo sucedido, otros hacían algo mucho más urgente. Buscaban personas, removían escombros, cargaban heridos, compartían agua, ofrecían un lugar donde pasar la noche y preguntaban por aquellos de quienes todavía no se tenían noticias. Esa diferencia también habla de nosotros, porque frente al sufrimiento podemos contemplarlo desde la distancia y convertirlo en argumento, o acercarnos lo suficiente para descubrir que detrás de cada cifra existe alguien cuya vida merece nuestra preocupación.
La respuesta comenzó a surgir desde las instituciones y los organismos de emergencia, pero también desde esa ciudadanía que tantas veces aparece antes de que lleguen las cámaras. Vecinos pendientes de quienes viven solos, desconocidos ayudándose en las calles, personas ofreciendo aquello que tenían disponible y comunidades intentando organizarse mientras todavía se evaluaban los daños. Frente a la destrucción apareció esa otra realidad que algunas veces recibe menos atención, la capacidad humana de cuidar a otro precisamente cuando todo alrededor parece haberse vuelto incierto.
He conocido a muchos colombianos. He tenido el privilegio de servir a algunos, trabajar junto a otros y compartir historias con personas que llevan a Colombia consigo aun cuando viven lejos de sus fronteras. Conozco ese orgullo que aparece en una conversación, en una comida, en una canción, en el fútbol, en el café o simplemente al pronunciar el nombre de la tierra de donde se viene. Por eso sé que detrás de las imágenes que hoy recorren el mundo existe un país mucho más grande que la tragedia que acaba de golpearlo.
También podemos orar. La oración puede acompañar el dolor, sostener a quien se siente impotente y expresar aquello para lo que muchas veces no encontramos palabras, pero sería un error convertirla en sustituto de nuestra responsabilidad. Frente a una emergencia de esta magnitud, la solidaridad necesita adquirir formas concretas. Donar sangre, aportar recursos, compartir información verificada, ayudar a una familia, comunicarnos con quienes sabemos que tienen seres queridos en las regiones afectadas o simplemente negarnos a participar de la crueldad que algunas veces invade las redes sociales son acciones pequeñas frente a la magnitud de una tragedia, pero profundamente necesarias.
Habrá tiempo para volver a discutir de política, cuestionar gobiernos, defender ideas, confrontar decisiones y debatir el país que cada colombiano desea construir. Todo eso pertenece a la democracia y seguirá siendo necesario, pero ninguna diferencia política debería impedirnos reconocer que existen circunstancias en las cuales la dignidad de la vida humana reclama un lugar por encima de nuestras disputas.
Colombia atraviesa una de esas circunstancias y no necesita que desde fuera intentemos explicarle su dolor, que profetas improvisados busquen pecados entre los escombros o que los muertos sean utilizados para demostrar quién tenía razón antes de que comenzara a temblar la tierra. Lo urgente es el acompañamiento, los recursos, el respeto y una solidaridad capaz de permanecer cuando disminuya la atención de los medios y las cámaras comiencen inevitablemente a mirar hacia otro lugar.
Después vendrá una etapa menos visible y probablemente mucho más larga. Habrá que reconstruir viviendas, reparar escuelas, templos, carreteras y lugares de trabajo, mientras muchas familias tendrán que aprender a convivir con una ausencia y otras personas regresarán a espacios donde nada volverá a sentirse exactamente igual. Reconstruir un país después de una tragedia nunca consiste únicamente en levantar paredes, porque existen heridas para las cuales no hay cemento ni estructura capaz de ofrecer una reparación inmediata.
No escribo estas líneas para explicar por qué ocurrió un terremoto. Para eso están la geología, la sismología y quienes han dedicado su vida a estudiar el movimiento de la tierra. Tampoco pretendo encontrar una enseñanza escondida detrás de cada edificio destruido o de cada vida perdida, porque hay dolores que no necesitan convertirse en parábolas para que comprendamos su dimensión.
Escribo porque mientras unos remueven escombros buscando personas, otros parecen empeñados en remover prejuicios buscando culpables, y quizás sea precisamente ahí donde debamos detenernos.
La tierra puede recordarnos en cuestión de segundos nuestra fragilidad, derribar aquello que creíamos firme y enfrentarnos con los límites de nuestras propias certezas. Lo que ocurra después depende también de nosotros, de nuestra capacidad para no utilizar el dolor ajeno como combustible para viejas disputas y de comprender que ninguna ideología, creencia o diferencia puede otorgarnos el derecho de convertir a una víctima en responsable de su propia desgracia.
A Colombia y a su gente, solidaridad, respeto y cercanía. Que la tricolor que tantas veces ha acompañado celebraciones, encuentros y esperanzas pueda abrazar simbólicamente a quienes hoy lloran, buscan, rescatan y comienzan la difícil tarea de reconstruir, no para esconder bajo sus colores el dolor de estas horas, sino para recordarnos que detrás de ellos existe un pueblo.
Porque frente a una tragedia que no necesita culpables, lo verdaderamente necesario sigue siendo nuestra humanidad.
