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La soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Y como todo mal que se vuelve común, ya no escandaliza. Pero debería…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
La soledad no siempre se nota. No grita. No se queja. No sangra. Pero pesa. Duele. Se acumula en los rincones de las casas, en los silencios prolongados del teléfono que no suena, en los platos servidos para uno solo, en los días que se confunden porque nadie más los nombra.
La soledad no siempre se nota. A veces se disfraza de rutina. De independencia. De orden. A veces tiene la forma de un anciano que aún camina erguido, pero ya no tiene a quién esperar. O de una mujer migrante que ríe en público y llora en su cuarto alquilado. O de un joven hiperconectado pero completamente aislado. O de cualquiera de nosotros, atrapado en un mundo que corre sin detenerse a mirar.
La soledad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Y como todo mal que se vuelve común, ya no escandaliza. Pero debería.
No es una exageración decir que vivimos una epidemia global de soledad. Así lo ha reconocido la Organización Mundial de la Salud, que ha comenzado a estudiar sus efectos no solo emocionales, sino físicos: mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, y muerte prematura. En países como el Reino Unido o Japón, ya existen políticas específicas para combatirla. En Estados Unidos, más del 60 % de los adultos reconocen sentirse solos. Y en América Latina, aunque hay menos estadísticas, hay muchas más historias que confirman lo mismo.
Y Puerto Rico no escapa a esta realidad. La soledad también nos está ganando aquí.
Una prueba reciente y dolorosa son los casos ocurridos en la antigua égida Dr. Leopoldo Figueroa, en Río Piedras, donde tres adultos mayores murieron completamente solos, sin que nadie preguntara por ellos durante días. No es un cuento. No es una metáfora. Son hechos.
Miguel Ángel Mercado Bruno, de 72 años, vivía solo. Padecía enfermedades crónicas. Lo encontraron muerto en su apartamento cuando el olor comenzó a salir por debajo de la puerta.
Pocos días después, Vicente Cruz Matos, de 66 años, conocido como “Tito el Hojalatero”, fue hallado en condiciones similares. También vivía solo. También murió sin compañía.
Y semanas más tarde, Nicasio González Madera, de 75 años, fue descubierto muerto en el mismo edificio. Nadie notó su ausencia hasta que fue demasiado tarde.
Tres nombres. Tres historias. Tres muertes en soledad. Y un país que siguió igual.
Estas muertes no fueron inevitables. No fueron actos de Dios ni accidentes naturales. Fueron el resultado de un sistema que falla, de una sociedad que se ha desconectado, de unas familias que ya no están, de una comunidad que no se da cuenta.
No podemos dejar toda la responsabilidad sobre las instituciones. Sí, el Estado tiene una deuda grave: falta de trabajadores sociales, ausencia de protocolos de seguimiento, abandono de las égidas, escasa inversión en redes comunitarias. Pero también hay responsabilidad en cada casa, en cada familia, en cada vecino que prefiere no mirar.
¿Qué nos está pasando como pueblo que permitimos que alguien muera solo sin que nadie toque su puerta?
Hemos llegado a tal punto que muchos adultos mayores no tienen con quién hablar. Viven atrapados entre pastillas, rutinas y la televisión encendida como único testigo. Migrantes viven el desarraigo en silencio. Jóvenes sienten una angustia constante que nadie sabe cómo nombrar. Y lo más terrible: hemos aprendido a vivir sin el otro.
Hay quien dice que la soledad es una elección. Pero no toda. Hay una soledad impuesta por la falta de vínculos, por el abandono, por la velocidad del mundo. Y esa soledad es injusta, es dolorosa, es evitable.
No se trata de romantizar la compañía ni de temer al silencio. Se trata de recordar que la presencia humana es insustituible. Que un abrazo, una visita, una llamada pueden cambiar un día. Que nadie debería morir —ni vivir— sin sentirse importante para alguien.
Este texto no busca provocar lástima. Busca provocar conciencia. Y acción.
Porque la soledad no se resuelve solo con programas del gobierno. Se resuelve con responsabilidad compartida. Con ojos atentos. Con corazones disponibles. Con vecinos que se conocen. Con familias que reaparecen. Con iglesias que salen de sus muros. Con comunidades que no permiten que alguien se pierda en su propia casa.
Hoy, recordamos a Miguel Ángel, a Vicente, a Nicasio. Pero lo hacemos no para cerrar una historia, sino para abrir muchas más. Que sus nombres no se apaguen en un archivo. Que sus muertes no queden en la estadística. Que su soledad nos duela. Y nos mueva.
Porque hay soledades que no se notan.
Pero duelen igual.
Y matan en silencio.
Y se pueden evitar.

