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Esta semana, Puerto Rico despertó con una noticia que ha sacudido la conciencia colectiva: un padre asesinó al hombre que había golpeado brutalmente a su hija. La joven, aunque gravemente herida, sobrevivió al ataque. Él no. Las redes sociales estallaron, como siempre hacen, pero esta vez no solo con indignación hacia el agresor, la cual es justa y necesaria, sino con una marea de discursos violentos, viscerales, cargados de odio y fantasías de venganza. “Si fuera mi hija”, “yo haría lo mismo”, “yo lo mataba peor”. ¿De verdad?
En esta historia no hay héroes. Hay víctimas. Una joven sobreviviente. Un padre quebrado. Una familia
rota. Y una sociedad que, frente a la violencia, solo sabe responder con más violencia.
Lo primero que debe dolernos es que una mujer haya sido salvajemente golpeada por su pareja. Esa es la raíz del horror. Esa es la semilla que germina en muchos hogares, no solo en Puerto Rico, sino en todo el mundo. Que esta mujer haya vivido para contarlo no debe distraernos del hecho de que tantas otras no tienen esa suerte. Solo en lo que va del año, más de 3,500 querellas de violencia doméstica han sido radicadas en Puerto Rico, según datos del Negociado de la Policía. El Observatorio de Equidad de Género ha documentado múltiples feminicidios este año, y el patrón se repite: maltrato, denuncias ignoradas, justicia lenta, y un asesinato que pudo evitarse.
Sin embargo, lo más preocupante es cómo un sector de la población ha convertido este caso en una excusa para proyectar su propia violencia interna. Lo vemos en los comentarios que se viralizan: sádicos, detallando cómo ellos le hubiesen “partido la cara” al agresor, “cortado en pedazos”, o “dejado en el mismo hospital”. Esta necesidad de mostrar fortaleza viril a través del castigo revela un problema más profundo: muchos no están indignados solo por la agresión; están excitados por la oportunidad de ejercer violencia, de ser protagonistas de una historia de poder y control, aunque sea en su cabeza y en las redes sociales.
La triste realidad, es que muchos de los que hoy escriben “yo lo mato” en redes sociales, mañana olvidarán a esta joven, porque ya hay otro tema «viral». Quizás hasta perpetúan otras formas de violencia contra las mujeres: juzgándolas por cómo se visten, a qué hora salen, con quién se acuestan, si son “demasiado” independientes o “demasiado” atrevidas. Cada uno de esos juicios es parte del mismo sistema que, en última instancia, legitima al hombre que levanta la mano porque “ella lo provocó”. Otras personas lo hacen desde colocarse en el lugar del padre que estuvo a punto de perder a su hija, pero con sus expresiones, aunque esa no sea su intencón, replican esos discursos que siguen promoviendo la violencia, y peor aun, que la normalizan.
Irónicamente, esos mismos comentaristas muchas veces son los que se oponen a los programas de educación con perspectiva de género. Rechazan enseñar a niñas a identificar señales de abuso, y a niños a comprender que no son superiores a las mujeres, que no tienen derecho a controlarlas, a poseerlas, ni a castigarlas por no cumplir con roles obsoletos. La educación en equidad de género, que ha sido sistemáticamente demonizada por grupos fundamentalistas religiosos en Puerto Rico, no busca otra cosa que esto: salvar vidas.
En 2021, el gobernador Pedro Pierluisi declaró un estado de emergencia por violencia de género, reconociendo que se trata de una crisis nacional. Sin embargo, muchos proyectos de ley que buscan promover la equidad han sido frenados por presión de sectores religiosos, que argumentan que hablar de género es “ideología”. No olvidemos que figuras como Joanne Rodriguez Veve y Lisie Burgos, de Proyecto Dignidad, se opusieron a esta iniciativa. Hablar de equidad de género, es supervivencia. Es salud pública. Es justicia.
El machismo no solo mata a mujeres. También mutila emocionalmente a los hombres. Les dice que deben ser “protectores” violentos, “jefes” de su hogar, dueños de la voluntad femenina. Al que no actúe así, se le llama “débil”, “poco hombre”, “femenino”, como si lo femenino fuera algo que merece desprecio o castigo. Esa violencia simbólica contra lo femenino está en el corazón del problema. Hoy hablamos de un padre que mató. Pero mañana podemos estar hablando de otro que no llegó a tiempo. O de un sistema judicial que dejó libre a un agresor. Como el caso de Andrea Ruiz Costas en 2021, quien fue asesinada por su expareja luego de que el tribunal rechazara su solicitud de orden de protección. O el de Keishla Rodríguez, cuya pareja la mató estando embarazada. Casos que estremecieron al país, pero cuya raíz sigue sin ser atendida: la cultura de violencia, de control, de posesión.
La violencia contra la mujer no se resuelve con linchamientos, ni con ejecuciones, ni con trending topics. Se resuelve educando. No solo a las mujeres para que huyan de los agresores, sino a los hombres para que dejen de convertirse en uno. Y a la sociedad para que entienda que cada vez que una niña escucha que debe ser sumisa, que no provoque, que se calle, estamos creando otra víctima. Y cada vez que un niño aprende que “un hombre de verdad” es el que domina y castiga, estamos criando otro victimario. El problema no es solo el hombre que golpea. Es la sociedad que lo cría. Son los medios masivos que replican la retórica de violencia machista y la glorifican para adquir «ratings» . Son los políticos que promueven discursos de odio y tergiverzan conceptos, con el único fin de buscar votos del fundamentalismo religioso. Si de verdad queremos proteger a nuestras hijas, tenemos que empezar por cambiar esa crianza.
violenciadomestica #NiUnaMasNiUnaMenos
