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“De tal palo…” regresa a Puerto Rico tras su recorrido internacional con una historia íntima sobre familia, memoria, cuidado y pérdida
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Ignacio Estrada, Pride Society Magazine
Hay noches en las que una sala de cine termina pareciéndose un poco a una casa. No porque cambien las butacas, la pantalla o las luces, sino porque quienes llegan saben que lo que están a punto de ver nació cerca, fue levantado por manos conocidas y cuenta una historia que, aun sin pertenecerle a todos, lleva inevitablemente algo de nosotros.
Eso se sintió esta noche en Caribbean Cinemas de Plaza Guaynabo durante la premier de De tal palo…, la nueva película del cineasta puertorriqueño Iván Dariel Ortiz. Una sala llena, aplausos, conversaciones antes y después de la función, abrazos entre quienes participaron en el proyecto y esa alegría que aparece cuando el cine puertorriqueño consigue reunir a su propia gente frente a la pantalla.
Por eso vale llamarla una película hecha en casa. No como una expresión pequeña ni doméstica, mucho menos como una concesión frente a producciones de mayor presupuesto. Hecha en casa porque fue concebida y producida en Puerto Rico, filmada en Juncos y Caguas y realizada con una presencia importante de talento puertorriqueño delante y detrás de las cámaras. Una película que salió de aquí, recorrió festivales internacionales y ahora regresa para encontrarse con el público que reconoce sus lugares, sus acentos y muchos de los rostros que aparecen en pantalla.
De tal palo… llega a ese encuentro después de haber recorrido festivales en India, Bangladés, Estados Unidos, Rusia, Ecuador y España. En Guayaquil recibió el Premio del Público a Mejor Película y recientemente tuvo su estreno nacional en el Puerto Rico Film Festival, en Mayagüez. El próximo jueves 3 de septiembre comienza una etapa diferente con su llegada a las salas de Caribbean Cinemas.
Pero una película no puede sostenerse únicamente sobre los lugares donde fue exhibida ni sobre los premios recibidos. Al apagarse las luces, todo eso queda fuera de la sala. Permanecen la historia, los personajes y la capacidad de conseguir que el espectador entre en sus vidas.
Ahí comienza verdaderamente De tal palo….
La película coloca en el centro a Manuel, interpretado por José Félix Gómez, un hombre retirado cuya vida cambia al asumir la custodia de Irene, su nieta de nueve años, después de que la violencia de género irrumpa en la familia y alcance directamente a la madre de la niña. Abuelo y nieta tendrán que aprender a convivir, conocerse, cuidarse y construir una relación para la cual ninguno estaba completamente preparado.

Sobre esa relación se levanta el corazón de la película, pero pronto aparece otra realidad. Manuel comienza a experimentar señales de deterioro en su salud y aquello que parecía ser la historia de un abuelo aprendiendo nuevamente a cuidar se convierte también en la de alguien que empieza a necesitar cuidado.
El adulto que debe ofrecer seguridad descubre su propia fragilidad mientras la niña que necesita protección comienza a enfrentarse a la posibilidad de perderla. Entre ambos se construye una relación hecha de afectos, silencios, temores y pequeñas rutinas donde De tal palo… encuentra algunos de sus momentos más humanos.
José Félix Gómez tiene mucho que ver con ello. Su Manuel no necesita explicarse constantemente. Hay cansancio, ternura, resistencia y miedo en un personaje al que Gómez permite envejecer delante de la cámara sin convertirlo en caricatura. Buena parte de lo que sucede dentro de Manuel se entiende antes de que lo diga. Una mirada, un silencio que se prolonga o la manera de relacionarse con Irene cuentan aquello que las palabras no necesitan explicar.
Milena Elisa Soltero tiene la responsabilidad nada sencilla de compartir ese centro emocional. Irene no está allí simplemente para provocar ternura, sino que ocupa un lugar indispensable en el conflicto y en la relación que ambos van construyendo. A través de ellos, la película se acerca a la vejez, la memoria, la pérdida y la soledad, pero también a la violencia de género y a las consecuencias que deja dentro de una familia, incluso entre quienes no fueron sus víctimas directas.
El reparto incluye además a Denise Quiñones, Millie Ruperto, Idenisse Salamán y Dolores Pedro, dentro de una producción en la que el reconocimiento al talento local no puede detenerse frente a la cámara.
La fotografía de Jaime Costas acompaña la historia sin imponerse sobre ella. Se acerca a los personajes y permite que los rostros y los espacios cotidianos respiren, algo importante en una película cuyo conflicto no depende de grandes acontecimientos exteriores, sino de transformaciones que muchas veces ocurren dentro de una casa, durante una conversación o en aquello que nadie se atreve a decir.
En esa cotidianidad aparecen pequeñas estampas de un Puerto Rico reconocible. Está el negocio al que Manuel acude para buscar lo necesario para cocinar y que sirve también para recoger sus cartas, recibir una llamada o encontrarse con otros. Está su teléfono, averiado desde el huracán María y todavía sin reparar siete años después. Son detalles que pasan casi inadvertidos, pero dicen mucho del lugar donde vive Manuel, de su soledad y de esas pequeñas redes comunitarias que todavía sostienen la vida en nuestros pueblos.
La música original de José “Pepe” Ojeda y la edición de Wilfredo “Wito” Maldonado e Iván Dariel Ortiz forman parte de un trabajo colectivo que suele quedar en segundo plano cuando una película se reduce a sus protagonistas. Detrás de cada imagen hay muchas personas haciendo posible aquello que finalmente llega a la pantalla.
Para Iván Dariel Ortiz, esta producción se incorpora a una trayectoria de varias décadas dentro del cine puertorriqueño. Desde Héroes de otra patria, centrada en la experiencia de soldados puertorriqueños durante la Guerra de Vietnam, hasta El Cimarrón, inspirado en la historia de la esclavitud en Puerto Rico y la figura de Marcos Xiorro, su filmografía ha regresado a personajes atravesados por la historia, la identidad y la memoria.
De tal palo… cambia la escala. Aquí no necesita una guerra ni una reconstrucción histórica para hablar de pérdida. Le basta una familia.
Esta noche había además otra historia ocurriendo fuera de la pantalla: una película puertorriqueña regresaba a Puerto Rico después de presentarse ante públicos de distintos países. Actores, técnicos, realizadores, familiares, amigos y espectadores ocupaban una sala para verla finalmente aquí. Al terminar llegaron los aplausos de una función que tenía algo de estreno y también de reencuentro.
Mañana jueves llegará el momento de las salas comerciales y con él otra prueba para una producción cinematográfica puertorriqueña.
El cine necesita espectadores, personas que compren una taquilla, entren a la sala, se sienten frente a la pantalla y le concedan dos horas de su vida a una historia nacida aquí.
De tal palo… ya hizo el viaje hacia afuera. Encontró festivales, públicos y reconocimientos. Esta noche, en una sala llena de Guaynabo, comenzó el viaje en dirección contraria. El cine hecho en casa volvió a casa. Y ahora necesita que la casa vaya al cine.
