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Hay carreteras en las que el asfalto nuevo no dura ni dos semanas
SAN JUAN, Puerto Rico
En Puerto Rico, manejar es un castigo. Las carreteras están destruidas. No hay orden. No hay mantenimiento. No hay respeto. Huecos, grietas, cráteres. Eso es lo que hay. Eso es lo que nos toca a diario.
Las calles principales y las de los barrios están igual de mal. La PR-3, la PR-165, la PR-30, la PR-2, la PR-52. Todas con tramos rotos, con desniveles, sin líneas visibles, sin luces, sin señales. Es lo mismo en las zonas urbanas y rurales. Da igual por dónde vayas, siempre estás esquivando algo. La gente ya aprendió a manejar con miedo, frenando de golpe, virando a última hora, esperando el golpe en cualquier momento.
Todo el mundo tiene una historia. Una goma explotada. Un tren delantero roto. Una caída en motora. Un susto en plena noche porque no se ve nada. Y nadie responde. Nadie te paga una goma de $500. Nadie te devuelve el tiempo perdido. Nadie te da explicaciones. Lo único que llega puntual es el marbete, el IVU, el seguro, las multas.
Las agencias dicen que están trabajando. Que hay fondos. Que se está planificando. Pero los huecos siguen ahí. Hay barrios completos sin ver una brigada en años. Hay carreteras en las que el asfalto nuevo no dura ni dos semanas. Hay proyectos anunciados que nunca se terminan. O se hacen mal.
En muchos sectores, las luces están apagadas. La señalización no existe. Los badenes están puestos como si fueran decoraciones. Y en zonas donde sí hace falta reducir velocidad, no hay nada. Lo mismo pasa con los estacionamientos: calles angostas, carros por todos lados, y cero planificación.

Esto no es opinión. Es la realidad. Una realidad que todo el mundo conoce, pero que parece no importarle a quienes tienen el poder de arreglarla. No es culpa del clima. No es culpa del pueblo. Es culpa de un sistema que no funciona y que no rinde cuentas.
Aquí nadie exige calidad. Aquí nadie responde por una obra mal hecha. Aquí se acostumbraron a hacer las cosas a medias, a cobrar por trabajos incompletos, a tapar huecos sin arreglar la raíz del problema. Y mientras tanto, la gente sigue pagando. Sigue dañando sus carros. Sigue arriesgando la vida.
Puerto Rico no puede seguir así. Las carreteras son un servicio esencial. No son un lujo. No son un favor. Son una necesidad. Y si el gobierno no puede garantizar eso, entonces hay que decirlo claro: nos están fallando.
Se nos va la vida en los huecos de las calles. Literalmente. Porque hay accidentes. Porque hay gastos que la gente no puede asumir. Porque hay frustración acumulada. Porque hay un abandono evidente. Y ya basta.
