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Medios independientes, incluido Pride Society Magazine, continúan enfrentando resistencia publicitaria, miedo corporativo y falta de apoyo económico en Puerto Rico
SAN JUAN, Puerto Rico
Junio todavía no ha comenzado y ya el silencio empieza a sentirse.
Los logos arcoíris que durante años inundaron campañas publicitarias, vitrinas y redes sociales comienzan a desaparecer discretamente. Empresas que antes competían por asociarse públicamente con el Mes del Orgullo ahora reducen campañas, cancelan auspicios o simplemente optan por mantenerse al margen. Lo que durante mucho tiempo fue presentado como compromiso comunitario hoy, para muchos, parece depender demasiado del clima político, de tendencias de consumo o de cuánto riesgo represente apoyar públicamente a la comunidad LGBTQ+.
Puerto Rico no es ajeno a esa realidad.
Aquí también existen empresas que celebran la diversidad mientras resulta conveniente, pero se distancian cuando el ambiente se vuelve incómodo. Aquí también existen marcas que quieren beneficiarse del alcance, la visibilidad y el consumo de la comunidad LGBTQ+, pero todavía dudan al momento de invertir consistentemente en espacios creados por esa misma comunidad.
Y uno de los lugares donde más se siente esa resistencia es en los medios independientes LGBTQ+.
Durante años, plataformas como Pride Society Magazine han documentado historias que muchos otros medios simplemente ignoraban. Hemos visibilizado artistas, denunciado discrimen, cubierto violencia, impulsado iniciativas comunitarias, celebrado logros y contado las historias de una comunidad que históricamente ha tenido que luchar incluso por el derecho básico de ser escuchada.
Lo hemos hecho aun cuando muchas veces el apoyo económico no guarda proporción con el alcance, la influencia ni el trabajo que realizamos diariamente.
Porque sí: todavía existen anunciantes que sienten temor de asociarse públicamente con medios LGBTQ+. Todavía existen compañías que consideran “demasiado político” apoyar plataformas queer independientes. Todavía existen personas que consumen contenido LGBTQ+ todos los días, que celebran la representación cuando les entretiene o les conviene, pero que rara vez se preguntan qué hace falta para sostener los espacios que producen ese contenido.
Un “share” ayuda. Un aplauso ayuda. La visibilidad ayuda.
Pero los medios independientes no sobreviven únicamente de visibilidad.
Sobreviven gracias al compromiso real de comunidades que entienden que tener voces propias importa. Que tener periodistas, fotógrafos, escritores, creativos y plataformas queer contando nuestras historias desde adentro no es un lujo. Es una necesidad.
Porque cuando los medios LGBTQ+ desaparecen, nuestras historias no dejan de existir. Simplemente quedan en manos de otros.
Y ya sabemos lo que ocurre cuando otros deciden cómo contar nuestras vidas.
El Orgullo nunca nació en una sala de conferencias corporativa. No nació de campañas publicitarias ni de logos temporeros pintados de arcoíris durante treinta días. Nació desde la resistencia. Desde personas que tuvieron que crear sus propios espacios porque nadie quería abrirles la puerta.
Eso sigue siendo igual hoy.
Las empresas pueden retirarse del Orgullo cuando les resulte conveniente. Nuestra comunidad no tiene ese privilegio.
Tampoco los medios que decidimos contarla.
