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Mientras discutimos memes, otros deciden políticas públicas. Mientras reímos, se recortan derechos. Mientras nos ensimismamos, se redefine el país
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Mario Beltrán Pérez, para Pride Society Magazine
Vivimos un momento histórico extraño, inquietante, casi distópico. No por falta de información, sino por, curiosamente, exceso de distracción. A este fenómeno le llamo el síndrome del ensimismado: una condición social en la que la necesidad de atención se repliega hacia lo inmediato, lo trivial y lo individual, mientras los asuntos que definen nuestro futuro. Tanto como sociedad y como país, se deciden en silencio.
Que recuerde, nunca antes habíamos tenido tantas herramientas para informarnos, y nunca antes habíamos estado tan ausentes del debate público actual. “Likes”, corazones, memes, reels y opiniones compulsivas sobre asuntos superficiales ocupan el centro de la conversación diaria. Se opina de todo, se reacciona a todo, pero cada vez se piensa menos sobre aquello que verdaderamente importa. El contenido del pensamiento cada vez esta más vacío en el análisis.
Los medios de comunicación y la programación local no solo reflejan este síndrome: lo alimentan. Los temas medulares se tratan con liviandad, con una superficialidad que raya en la irresponsabilidad. Se banaliza la política, se convierte la discusión pública en entretenimiento, y se normaliza un relato donde todo puede ser objeto de burla o comedia excesiva. Pero no todo debe serlo.
Y no es que esté en contra del relajo y de la risa y el chiste; todo lo contrario. Es que estamos perdiendo el privilegio de ser nosotros mismos.
Cuando la información se presenta como chisme, cuando las decisiones de Estado se reducen a titulares pasajeros o se ocultan bajo una avalancha de distracciones, la ciudadanía pierde la capacidad de indignarse, de cuestionar y de exigir.
Un ejemplo reciente y alarmante ocurrió el pasado viernes. Mientras el país y particularmente las redes sociales y los programas locales estaban obsesionados comentando un espectáculo musical y su impacto cultural, se firmaba una legislación de enormes consecuencias sociales y legales: el proyecto del llamado “no nacido” se convertía en ley. Un acto trascendental, con implicaciones profundas para los derechos de las mujeres y la autonomía corporal, ocurrió casi en silencio, como muchos otros han ocurrido de igual modo.
El lunes siguiente, lejos de cuestionar esa decisión, de exigir explicaciones o de abrir un debate serio, la imagen que dominó fue otra: la gobernadora apareciendo públicamente corriendo motora. El espectáculo sustituyó a la rendición de cuentas. La distracción volvió a ganar.
Este es el corazón del síndrome del ensimismado: una sociedad entretenida mientras es despojada. No se trata de culpar a una figura artística, a una tendencia viral o a una moda pasajera. Se trata de entender cómo el poder utiliza el ruido, y cómo los medios lo amplifican, para evitar el escrutinio.
El resultado es peligroso. Mientras discutimos memes, otros deciden políticas públicas. Mientras reímos, se recortan derechos. Mientras nos ensimismamos, se redefine el país.
No es que la gente no tenga opinión o diversión; es que la opinión ha sido desplazada hacia lo inofensivo. Pensar críticamente incomoda. Preguntar cuesta. Señalar tiene consecuencias. En cambio, burlarse es seguro. Reír es aceptado. Callar ante lo importante se ha vuelto la norma.
Si no rompemos con este patrón, si no exigimos profundidad a los medios, responsabilidad a los funcionarios y madurez a la conversación pública, terminaremos siendo espectadores pasivos de nuestra propia erosión democrática.
El síndrome del ensimismado no nos aniquila de golpe. Nos adormece. Y una sociedad dormida es el terreno más fértil para cualquier abuso de poder.
El síndrome del ensimismado no es una falla individual, sino una construcción colectiva sostenida por la distracción, la banalización y el miedo a incomodar. Romper con él exige algo cada vez más escaso: atención, pensamiento crítico y valentía cívica.
Porque una democracia no muere solo por golpes de Estado. También se erosiona cuando la ciudadanía deja de mirar lo esencial y se acostumbra a vivir entretenida mientras otros deciden su destino.
