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Vivimos creyendo que controlamos el reloj, pero es el reloj quien nos mide y nos desenmascara
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero para Pride Society Magazine
Hay algo más frágil que el cristal, más valioso que el oro, más escurridizo que el agua entre las manos: el tiempo. Y, sin embargo, lo desperdiciamos como si sobrara. Lo tiramos por la ventana de los días creyendo que mañana será igual, que siempre habrá otra oportunidad, otro encuentro, otra llamada. Pero no. El tiempo que se va, se va. No regresa.
Escuché una vez una historia sencilla, pero tan poderosa que se quedó grabada en mí.
Un joven se adentró en un río. Quiso detenerse un momento, sentir el agua pasar entre sus dedos. Y mientras lo hacía, comprendió algo que jamás olvidó: el agua que tocaba en ese instante nunca más volvería a pasar por el mismo lugar. El río seguiría su curso, sí, pero esa corriente exacta, ese instante preciso, ya pertenecía al pasado.
Así es el tiempo: un río que nunca se detiene, un río que no se repite.
Vivimos creyendo que controlamos el reloj, pero es el reloj quien nos mide y nos desenmascara.
Decimos “no tengo tiempo”, pero lo perdemos desplazándonos en pantallas, en discusiones vacías, en promesas que no cumplimos.
Pedimos paciencia cuando llegamos tarde, pero exigimos puntualidad cuando nos toca esperar.
Cancelamos a última hora y decimos “no pasa nada”, sin entender que sí pasa: pasa la vida, pasan las oportunidades, pasan las personas que se cansan de esperar.
El respeto al tiempo —propio y ajeno— es una forma de amor.
Porque cuando llegas a tiempo, cuando cumples lo prometido, cuando honras la palabra dada, estás diciendo: te valoro, te reconozco, me importas.
Y cuando aprendes a cuidar tu tiempo, cuando pones límites, cuando decides no quedarte donde te desgastan, estás diciendo: me respeto, me valoro, existo.
La sociedad actual nos ha enseñado a llenar la agenda, pero no a llenarla de sentido.
Nos ha acostumbrado a creer que estar ocupados es sinónimo de estar vivos.
Y lo cierto es que hay personas que no viven: simplemente corren detrás del reloj, acumulando minutos vacíos y relaciones superficiales.
De tanto correr, olvidan detenerse a mirar el río, a sentir el agua, a agradecer el instante.
Cada día que dejamos pasar sin conciencia se convierte en un testigo silencioso de lo que no hicimos, de lo que dejamos ir.
Y el tiempo no tiene compasión: sigue su curso sin mirar atrás.
Por eso, esta columna no es una invitación a la nostalgia, sino al despertar.
A darnos cuenta de que no se trata de tener tiempo, sino de saber usarlo.
De que respetar el tiempo del otro es también respetar la vida del otro.
De que el “llego en cinco” que se convierte en media hora, o la llamada que nunca devolvemos, o la cita que posponemos sin pensar, no son detalles menores. Son grietas por donde se escapa el respeto y la empatía.
El tiempo no se compra, no se negocia, no se recupera.
Y lo que hoy no hacemos —por descuido, por indiferencia o por miedo— mañana será solo una sombra de lo que pudo ser.
Así que hazte este compromiso:
No le robes minutos a nadie.
No entregues tus horas a quien no las valora.
Y sobre todo, no dejes que el río siga corriendo sin sentirlo en la piel.
Porque no hay nada más sagrado que el presente,
y nada más triste que mirar atrás y descubrir que lo que se fue…
nunca más volverá.
