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El cine de terror también ha sido un espacio donde muchos jóvenes LGBTQ+ encontraron personajes e historias con los que identificarse
SAN JUAN, Puerto Rico
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Desde sus orígenes, el cine de terror ha sido un refugio —y a la vez un campo de batalla— para las personas queer. Allí donde la sociedad imponía el silencio, lo monstruoso y lo extraño encontraron representación. “Desde los orígenes del cine, siempre ha habido una asociación de lo raro, lo no normativo con la monstruosidad. Así ha ocurrido con las personas racializadas, los maricas, las bolleras…”, señala Javier Parra, crítico de cine, experto en terror y autor de Scream Queer y Scream Queer 2: La venganza (Dos Bigotes).
En Puerto Rico, donde el acceso a representaciones diversas ha estado mediado por el mainstream de Hollywood y, más recientemente, por las plataformas digitales, el cine de terror también ha sido un espacio donde muchos jóvenes LGBTQ+ encontraron personajes e historias con los que identificarse. El género ha permitido imaginar mundos en los que lo “raro” tiene agencia y poder frente al verdadero monstruo: la norma heteropatriarcal.
De Mary Shelley a Buffy: la tradición queer en el terror
La literatura gótica ya tensaba las cuerdas de la normatividad hace dos siglos, y el cine heredó ese ADN. Figuras como Mary Shelley, F. W. Murnau, James Whale o Clive Barker marcaron la historia del terror desde posiciones que no encajaban en la heteronormatividad.
Ya en los años treinta, con los arquetipos cinematográficos en plena construcción, la industria vinculó a personajes queer con la rareza y la maldad. Villanos amanerados o ambigüos poblaron tanto las películas como el imaginario infantil de Disney: de Jafar y Scar a Ursula y Maleficent. Aunque basados en estereotipos, esos resquicios fueron leídos como representaciones posibles por parte del público queer.
Con el tiempo surgió el “queer horror”: películas creadas por artistas queer o adoptadas por audiencias LGBTQ+, donde los códigos de monstruosidad se convierten en resistencia. Series como Buffy the Vampire Slayer —con la pionera relación de Tara y Willow— o sagas como Fear Street han ampliado el espectro de representaciones. Clásicos como A Nightmare on Elm Street Part 2: Freddy’s Revenge (1985), The Hunger (1983), Interview with the Vampire (1994) o Raw (2016) forman parte de esa genealogía.

Final Girls y resiliencia
La figura de la Final Girl, convertida en Scream Queen, condensa esta evolución. Mujeres que en los setenta eran víctimas estereotipadas —como Laurie Strode en Halloween o Nancy Thompson en A Nightmare on Elm Street— se transformaron en supervivientes que enfrentan y derrotan al mal una y otra vez. Esa resiliencia conecta directamente con la experiencia LGBTQ+, donde la supervivencia frente a un sistema hostil se vuelve identidad y resistencia.
El monstruo como espejo queer en Puerto Rico
En la Isla, las generaciones que crecieron con cine de terror encontraron en él una forma de catarsis y de reconocimiento. En un país donde todavía persisten prejuicios y violencias contra la diversidad sexual y de género, el horror queer ofrece una metáfora poderosa: lo que la sociedad etiqueta como “monstruoso” puede ser, en realidad, fuente de poder y belleza.
Como apunta Parra en Scream Queer, “el colectivo debería celebrar la diferencia como algo oscuramente hermoso e incomprendido, como en Nightbreed de Clive Barker”. En Puerto Rico, esa lectura cobra especial fuerza en un contexto donde las artes y la cultura han servido como trincheras para la visibilidad LGBTQ+.
