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La manipulación mediática se alimenta de nuestra atención. Cuanto más atrapados estamos en el ciclo de consumo pasivo, más vulnerables somos a agendas externas
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Mario Beltran Pérez, MHS, MBA (Consejero en Abuso de Sustancias | Universidad Central del Caribe | Centro de Estudios en Adicción)
Desde temprano en la mañana, incluso antes de tomar el primer café, los hogares se llenan con voces familiares: reporteros, analistas, políticos, artistas y ahora también “influencers” que insistentemente comentan sobre los asuntos cotidianos que ocurren en el país. Las pantallas se convierten en una mezcla de entretenimiento y propaganda, donde cada segmento tiene un costo y cada palabra, un propósito. El noticiario ya no es un espacio neutral de información, sino un escenario donde partidos políticos, figuras públicas y empresas privadas compran minutos de visibilidad. Esta es la fórmula mágica de los canales de televisión y emisoras radiales actuales que más que informar, desinforman y confunden, y tienen capturada a la audiencia en una especie de rotonda repetitiva de opiniones donde la intención es mantener a la audiencia cautiva.
La dinámica se repite a lo largo del día y a través de todos los equipos “inteligentes”. Ya no solo es escuchar la radio o ver la televisión, sino que ahora también se unen relojes, tabletas, bocinas, el carro, los audífonos, la nevera, y quien sabe que otro artefacto se inventaran en poco tiempo. La misma noticia circulando por la radio, la televisión, la prensa digital y las redes sociales, variando apenas en el estilo narrativo o en la cara que la cuenta. El mensaje no se ofrece una sola vez: se repite, se ajusta, se dramatiza, se empaqueta para TikTok, se convierte en meme, se discute en podcasts, se comparte en “reels” de Instagram y Facebook. Lo importante no es la noticia en sí, sino la insistencia por captar la atención de la audiencia.
Pero ¿cuánto de esta información puede procesar nuestro cerebro? Los seres humanos tenemos un sistema cognitivo que tiene una capacidad limitada de procesamiento de información, y aunque está diseñado para llevar a cabo esta función, no puede hacerlo con toda, por lo que prioriza qué cosas son importantes y cuáles no, dependiendo de las metas u objetivos que tenemos en cada momento. Sin embargo, cuando esta capacidad limitada la forzamos a procesar mayor información, surge la sobrecarga cognitiva (o del pensamiento y la memoria), que se presenta cuando recibimos más información de la que podemos procesar, lo cual puede generar que se vea afectada la capacidad de una persona para resolver problemas, tomar decisiones, confrontar problemas de memoria, controlar sus emociones o su conducta, entre otras funciones básicas.
Procesar la información implica percibirla, es decir, que nuestros órganos detecten todo lo que hay en nuestro alrededor, todo lo que oímos, lo que sentimos, lo que vemos, lo que recordamos. Es muchísima información la que procesamos a diario, en condiciones normales. Imagínense ustedes tratar de llevar a cabo todos estos pasos con la sobre exposición de información a la que estamos expuestos, y lo que, desafortunadamente se ha convertido en nuestro diario.
Por ende, hoy en día la persona común, como yo por ejemplo, se le puede hacer difícil el distinguir entre el análisis profundo y el espectáculo. El político disfrazado de analista, el artista convertido en experto en política, el “influencer” opinando sin preparación, compitiendo todos en el mismo espacio mediático. El resultado es un ruido ensordecedor que da la ilusión de diversidad y acceso, pero que en realidad conduce a la simplicidad del pensamiento, evitando el pensamiento crítico y mucho menos el análisis individual o colectivo. La manipulación mediática no es un accidente, sino una estrategia. El exceso de información desorganizada genera cansancio, apatía y desconexión.

Las consecuencias no son menores. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que la exposición prolongada a noticias negativas puede aumentar los niveles de estrés, ansiedad y depresión. La American Psychological Association (2022) reveló que un 68% de adultos en Estados Unidos reportó sentir ansiedad por la cantidad de noticias que consume diariamente. En Puerto Rico, el problema se refleja con crudeza: según datos del Sistema de Vigilancia de Factores de Riesgo (BRFSS, 2023), un 23% de los adultos reportó síntomas de depresión o ansiedad la mayor parte de los días. Esta cifra se agrava en contextos de crisis como huracanes, terremotos, pandemia, en donde el consumo excesivo de noticias genera un estado de alerta permanente y, en ocasiones, miedo irracional.
Paradójicamente, vivimos en la era con mayor acceso a información, pero también en la que nos sentimos más confundidos y desinformados. La llamada infoxicación (Intoxicación de los medios y la información) convierte la abundancia en desorientación: mientras más leemos y escuchamos, menos sabemos qué es cierto y relevante. A cuantos de ustedes les ha ocurrido que, mientras conversan con una o más personas, han tenido que repetirle, a veces en varias ocasiones, la misma información a la otra persona porque no le han estado escuchando, y está más pendiente a su celular que a la conversación. Esto, desafortunadamente, se ha normalizado.
Frente a este panorama, la respuesta no es el aislamiento, sino el crear buenos hábitos diarios y una buena higiene mental. Al igual que cuidamos nuestro cuerpo con rutinas de descanso y alimentación, y una buena salud oral, por ejemplo, debemos establecer prácticas que nos protejan de la saturación mediática: programar pausas durante ciertos momentos del día, limitar el consumo a solo fuentes confiables, reservar espacios de silencio y reflexión, y dedicar al menos uno o dos días a la semana a la desconexión parcial de redes sociales.
Como a muchos otros, he vivido una dependencia tóxica con la información. Abrir los ojos sin el noticiario o las redes sociales parecía imposible. Poco a poco me desprogramé: escogí cuándo, cómo y dónde escuchar noticias, eliminé canales y personas tóxicas, dejé transmisiones interminables en vivo y adopté mi propio proceso de higiene mental: pausas diarias, limitar las redes y comprender que su propósito es solo entretener, establecer espacios de silencio para leer o caminar sin el celular en mano, y momentos de conexión real con los seres queridos. Como todo proceso de adicción y dependencia, este es uno más. Y lo más importante es aprender a reconocerlo y a tomar los pasos necesarios para encaminarnos a recobrar lo que hemos perdido por dejarnos llevar solo y solamente por opiniones. Y aunque no vivo desconectado, recuperé mi autonomía. Informarse no es lo mismo que saturarse: la diferencia está en el equilibrio.
En las redes sociales, el problema suele ser peor porque se amplifican los riesgos: ansiedad por comparaciones irreales, pérdida de productividad, conflictos en relaciones, difusión de noticias falsas, exposición de datos personales, ciberacoso, polarización y violencia digital. Son los mismos mecanismos de manipulación que observamos en los noticiarios, ahora multiplicados por los algoritmos.
La manipulación mediática se alimenta de nuestra atención. Cuanto más atrapados estamos en el ciclo de consumo pasivo, más vulnerables somos a agendas externas. El reto de hoy no es acceder a la información, sino gestionarla sin que erosione nuestra salud mental. La higiene mental debe convertirse en un acto cotidiano de filtrar y acoger solo lo adecuado y relevante para convertirlo en autocuidado: es escuchar con calma, leer con criterio y, sobre todo, guardar silencio para pensar. Solo así podremos escapar de la hipnosis colectiva de la sobreinformación y vivir con mayor claridad y bienestar.

Ahora quiero compartir con ustedes algunos pasos que implementé y me funcionaron para desligarme de la sobre información mediática y las redes sociales, con el fin de manejar mi dependencia a estas y recuperar mi autonomía:
Pasos para una buena higiene mental frente a la sobreinformación
1. Define tus fuentes y filtros
* Escoge 2 o 3 medios confiables (noticiarios, páginas web o podcasts).
* Evita consumir y compartir noticias de forma indiscriminada en redes sociales.
* Haz una “limpieza digital” eliminando páginas, contactos o apps que generan conflicto en
tu vida.
2. Limita los tiempos de exposición
* Establece horarios concretos para informarte (ejemplo: 20 a 30 minutos en la mañana y
en la tarde lo mismo). Lo ideal son 20 minutos en cada periodo de exposición.
* Evita revisar noticias antes de dormir o al despertar, porque tu cerebro está más
vulnerable. En la medida que puedas trata de dejar tus equipos lejos de tu alcance
mientras descansas. Comienza desconectándote 30 minutos antes de irte a la cama.
* Usa apps de control de tiempo.
3. Practicar el consumo consciente
* Antes de abrir una app o prender la TV, pregúntate:
* “¿Para qué quiero ver esto ahora?”
* Aprende a distinguir entre información útil y contenido tóxico o repetitivo.
4. Incorporar pausas digitales
* Dedícate tiempo: al menos 1 hora al día sin pantallas (ejercicio, lectura física, cocina,
caminar). Practica el “digital detox”
5. Crear rituales de higiene mental
* Respiración consciente o mindfulness. Puedes iniciar con 5 minutos y luego vas
aumentando en tiempo
* Escribe un diario breve para vaciar pensamientos acumulados.
* Escucha música.
6. Reforzar conexiones reales
* Conversa con alguien de confianza en lugar de solo leer comentarios en redes.
* Comparte la información más relevante en vez de quedarte atrapado en ella.
7. Proteger el descanso
* Apaga notificaciones no esenciales.
* Evita la sobreexposición a noticias violentas antes de dormir.
* Mantén rutinas que favorezcan la calma (lectura ligera, té, música relajante).
8. Cultivar un criterio propio
* Contrasta la información antes de compartirla.
* No sientas la obligación de opinar sobre todo.
* Reconoce que estar desinformado de algunas cosas también es sano: se llama
ignorancia estratégica.

