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En mi segunda relación, yo era once años mayor; tenía treinta y él, solo diecinueve
Desde el principio le dije que teníamos que hablar con sus padres, pero su familia no era tan receptiva a estos temas, como la mía, de modo que le dije que lo haríamos cuando él lo estimara conveniente. Por supuesto los cambios en sus patrones diarios levantaron banderas, sobre todo a su mamá, que comenzó a hacerle preguntas.
Era bien complicado para mí porque me eduqué en otro tipo de ambiente, con reglas, claro, pero en total libertad. Esto sin tomar en cuenta que ya era un profesional, dueño de mi propia casa productora, con los compromisos que eso conlleva. Pero de repente tenía que estar pendiente a la hora de llegada del “nene” de la casa.
Un día sucedió lo inevitable. Su mamá le hizo una “encerrona” en la casa y le dijo que sabía que estaba saliendo con alguien y que tenía que dejarle saber quién era, lo que, para mí, era totalmente válido. Llevaba meses diciéndole que teníamos que hablar, al menos con ella o, por lo menos con alguna de sus hermanas (tenía tres). Yo quería que las cosas hubiesen sido de otra manera, pero no siempre se puede… y así fue la escena:
Su mamá: Acaba y dime con quien estás saliendo.
Él: Se llama Edwin
Su mamá: Ah, o sea, que es un hombre.
Él: Si… y tiene treinta años. Tengo una foto suya.
Su mamá: Déjame verlo ahora mismo…
Y aquí, lo sublime de todo…
Él le da la foto. ella la toma en sus manos y la mira por primera vez, pero la impresión es muy fuerte y baja la foto. La vuelve a subir al nivel de sus ojos y la mira de nuevo; esta vez unos segundos más. Con la mano que le queda libre, se tapa la boca para contener las ganas de llorar; la impresión todavía es fuerte y baja la foto una vez más.
Hace un tercer intento, esta vez poniéndose los espejuelos para verla mejor. Ajusta sus bifocales y mira la foto… hace silencio. Acerca la foto más a sus ojos… hace silencio.
Baja una vez más la foto y le dice a su hijo, con resignación… ¡Bueno… por lo menos tienes mejor gusto que tus hermanas…!!!
Él me hizo el cuento y me reí en cantidad. El resto fue solo cuestión de tiempo; amé a sus padres… y ellos a mí.
La última vez que conversé con ella, fue por teléfono; ya me había mudado a la Florida Central con Batt. Su hijo también tenía una nueva relación. Ella estaba pasando un proceso de salud complicado y pidió hablar conmigo. Conversamos poco tiempo, pero suficiente para saber que seguíamos queriéndonos mucho… ambos. Cuando nos despedimos me dijo… “Tú sabes que eres mi preferido”. No supe que responder; tuve una mezcla de sentimientos. Por un lado, agradecimiento por un amor ganado con acciones concretas y por otro, un poco de vergüenza por la nueva pareja de su hijo, al que yo conocía muy bien y con quien tenía una hermosa y saludable relación; me llevaba con él, mejor que con mi ex. Solo atiné a decirle: te quiero… y eso, tú también lo sabes.
El chico de la foto, ya no tenía treinta años y tampoco era una imagen en un papel brilloso. Ella se lo había llevado a vivir a su corazón y con él, la empatía, el respeto hacia su hijo pero, sobre todo, el saberse amada de manera incondicional por aquel que un día recibió la mayor de sus resistencias.

