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Una sociedad que se acostumbra a reírse de lo que no entiende empieza a erosionar algo más profundo que una etiqueta
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
En los últimos meses, las redes sociales se han llenado de memes sobre personas que se identifican como therians. Videos editados, frases exageradas, imágenes diseñadas para provocar carcajadas rápidas. Muchos los compartimos porque nos hicieron reír. Sin malicia aparente. Sin detenernos demasiado.
Pero pocas veces nos preguntamos qué hay detrás de esa risa.
Reír no es pecado. El humor es parte de la vida. El problema comienza cuando la risa deja de ser ligera y se convierte en juicio. Cuando ya no estamos riendo con alguien, sino de alguien. Cuando el meme no es solo ingenio, sino ridiculización.
Tal vez no entendamos lo que significa que una persona se identifique como therian. Tal vez nos parezca extraño. Tal vez incluso nos genere dudas legítimas. Pero una cosa es no comprender, y otra muy distinta es convertir la incomprensión en burla pública.
Las redes sociales tienen una velocidad que no nos permite reflexionar. Compartimos en segundos lo que no hemos pensado en minutos. Damos “like” a lo que no analizaríamos en una conversación cara a cara. Y así, sin notarlo, nos volvemos parte de un coro que ridiculiza.
El filósofo Emmanuel Levinas escribió: “El rostro del otro me interpela antes de que yo pueda juzgarlo”. Tal vez esa sea la invitación más urgente en tiempos donde reaccionamos antes de pensar y compartimos antes de comprender. Antes de emitir juicio, hay una persona. Antes del meme, hay una historia. Antes de la risa colectiva, hay alguien que puede sentirse expuesto.
No siempre el odio se presenta como insulto directo. A veces se disfraza de chiste. A veces se esconde en una imagen que “solo es humor”. A veces se normaliza porque todo el mundo lo está compartiendo.
Y ahí es donde conviene detenernos.
Detenernos no para censurar.
No para imponer silencio.
Sino para preguntarnos qué estamos construyendo con lo que difundimos.
Si una persona decide nombrarse de una forma que no comprendemos, nuestra reacción habla más de nosotros que de ella. Habla de nuestra capacidad —o incapacidad— de convivir con lo distinto sin convertirlo en espectáculo.
No tenemos que entender todas las experiencias humanas para respetarlas. No tenemos que adoptar cada lenguaje nuevo para reconocer la dignidad de quien lo usa. El respeto no exige coincidencia. Exige conciencia.
Una sociedad que se acostumbra a reírse de lo que no entiende empieza a erosionar algo más profundo que una etiqueta. Empieza a erosionar su capacidad de empatía.
Tal vez el fenómeno de los therians no sea el centro del problema. El centro puede estar en nuestra reacción automática, en la facilidad con la que compartimos lo que ridiculiza, en lo poco que pensamos antes de convertir a alguien en tendencia.
Nos falta reconocimiento.
Nos falta pausa.
Nos falta respeto.
Porque al final no se trata solo de una identidad específica. Se trata del tipo de convivencia que estamos fomentando. Se trata de decidir si queremos redes sociales que humanicen o que deshumanicen. Se trata de asumir que cada clic también es una postura.

