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Hoy, no solo ocho de sus obispos son miembros de la comunidad LGBTQ+, sino que también muchas personas de esta comunidad están en posiciones de liderazgo en congregaciones, sínodos y ministerios
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
Mucho se habla hoy acerca de las llamadas iglesias inclusivas o iglesias de puertas abiertas. Y aunque la conversación suele centrarse en la relación de la fe con la comunidad LGBTQ+, la inclusión es un horizonte mucho más amplio. Inclusión es abrir los brazos a toda persona que se siente excluida: migrantes, personas empobrecidas, comunidades racializadas, personas mayores en soledad, mujeres víctimas de violencia, personas con discapacidad, familias que han perdido la esperanza.
Si limitamos la palabra inclusión a una sola causa, corremos el riesgo de reducir un don que es mucho más grande. Porque, en realidad, quien es inclusivo no es la iglesia en sí misma, ni una institución, ni un pastor o una pastora. Quien incluye es el amor de Dios. Ese amor que no hace excepciones, que abraza en la cruz a toda la humanidad sin exclusión alguna.
Las Escrituras están llenas de ejemplos de ese amor que rompe barreras. Sin embargo, a lo largo de la historia hemos manipulado la Biblia para justificar odios y prejuicios. Hemos levantado muros donde Dios puso puentes, y hemos cerrado puertas que Dios había dejado abiertas.
En Estados Unidos, varias denominaciones han hecho camino en este terreno: la Iglesia Episcopal, la Iglesia Luterana, la Presbiteriana, la Metodista, la UCC, incluso comunidades Bautistas y la Iglesia Metropolitana. Algunas han sufrido divisiones dolorosas justamente por la resistencia a entender que el Evangelio no excluye.
Hablo desde mi experiencia en la Iglesia Evangélica Luterana en América (ELCA), donde sirvo. Es una iglesia imperfecta —todas lo somos—, pero que se esfuerza en afirmar que la gracia y el amor de Dios son más grandes que nuestros temores. Hoy, no solo ocho de sus obispos son miembros de la comunidad LGBTIQ+, sino que también muchas personas de esta comunidad están en posiciones de liderazgo en congregaciones, sínodos y ministerios. Además, tienen pleno acceso al ministerio ordenado de Palabra y Sacramento, algo impensable en otros tiempos.

La inclusión, sin embargo, no se queda en nombres ni en cargos. Se vive también en proyectos concretos: ministerios con inmigrantes que buscan un hogar, con mujeres violentadas que necesitan refugio y justicia, con ancianos abandonados que requieren compañía, con niños desprotegidos que merecen futuro. Son proyectos que muchas veces no aparecen en titulares ni gozan de reconocimientos públicos, pero que tienen alma. Y para mí, el mejor reconocimiento no es un premio ni una medalla: es acercarse a otras vidas, acompañarlas y devolverles su dignidad.
Por eso digo que la inclusión no es un tema resuelto, sino un camino. Se trata de preguntarnos cada día cómo ser comunidades donde nadie quede fuera, donde no haya “tú y yo”, sino un solo pueblo. Y también de entender que la verdadera inclusión no es algo que alguien más nos otorga. Nadie necesita “incluirnos” en la mesa donde Dios ya nos sentó desde el principio.
Ahora bien, la gran pregunta es qué hacemos hoy con esta convicción. ¿Cómo se traduce en hechos concretos? Porque no basta con llamarnos “inclusivos” si seguimos indiferentes al dolor de quienes nos rodean. La iglesia de puertas abiertas no es solo un rótulo en la entrada; es una práctica viva que exige compromiso. Significa levantar la voz cuando se niegan derechos, ofrecer refugio a quien no lo tiene, acompañar a quien sufre violencia, abrazar a quien ha sido rechazado, dar pan y justicia donde solo hay hambre y silencio.
Y sí, hablar de inclusión genera divisiones. No es un concepto neutral. Pero quizás las divisiones nos recuerden que el Evangelio nunca fue un camino cómodo. Fue, es y será un llamado incómodo que nos invita a amar sin condiciones. Amar nunca ha sido pecado; lo que sí es pecado es la ausencia del amor.
Por eso, no sigas esperando a que una institución te reconozca o te “incluya”. Ese reconocimiento lo recibiste en la cruz. Lo que nos toca ahora es vivir como personas ya reconocidas, ya abrazadas, ya dignificadas por Dios. Y como iglesia, nos toca hacer lo mismo: abrir las puertas de par en par y dejar entrar la vida, con toda su diversidad y complejidad.
El amor de Dios no divide, el amor de Dios nos hace uno. El reto está en si estamos dispuestos a creerlo y a vivirlo.

