Share This Article
Las consecuencias están frente a nosotros: animales atropellados y dejados a morir, otros abandonados en carreteras desiertas, camadas enteras naciendo en solares baldíos, casos de envenenamiento que rara vez se investigan…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
El país convive con una realidad que ya normalizó: animales vagando por carreteras, estacionamientos, playas y comunidades como si fueran parte del paisaje. No lo son. Son el reflejo más crudo de un abandono colectivo que sigue creciendo sin que exista una respuesta proporcional a la magnitud del problema.
La cifra más citada proviene de The Sato Project, organización que lleva más de una década rescatando animales en la isla. Su cálculo —el más utilizado ante la ausencia de datos oficiales— habla de 650,000 perros abandonados o en la calle en Puerto Rico. No es un número simbólico; es una señal del tamaño real de una crisis que afecta cada municipio, cada barrio, cada carretera.
El abandono sostenido también ha colapsado los albergues. Según datos publicados por Metro Puerto Rico, la Humane Society de Puerto Rico en Guaynabo opera con más de 120 animales en un espacio diseñado para 80, mientras recibe más de 100 solicitudes diarias de entrega de mascotas. A pesar de los esfuerzos, solo logran entre 8 y 10 adopciones por semana. Este desequilibrio describe un sistema que no da abasto y que depende, casi por completo, de organizaciones sin fines de lucro y voluntariado.
Ante la saturación, la isla depende cada vez más de los vuelos de rescate. En enero de 2025, The Sato Project trasladó 110 perros y gatos rescatados en Puerto Rico hacia Nueva Jersey, según reportó El Nuevo Día, como parte de una operación que forma parte de una colaboración constante con organizaciones estadounidenses comprometidas con la adopción responsable.
A esto se suma su alianza con RetrievAir, empresa que transporta regularmente decenas de perros desde Puerto Rico hacia estados donde las adopciones son más probables.
No se trata de vuelos semanales ni diarios; la frecuencia depende de recursos, espacios y logística. Pero la recurrencia es suficiente para evidenciar que la isla no tiene capacidad para absorber la cantidad de animales que abandona.
Esta realidad también alcanza a los gatos. Organizaciones como PR Animals estiman que el número de gatos realengos se cuenta igualmente en cientos de miles, una sobrepoblación que agrava problemas de salud pública, reproducción descontrolada y maltrato.
Las consecuencias están frente a nosotros: animales atropellados y dejados a morir, otros abandonados en carreteras desiertas, camadas enteras naciendo en solares baldíos, casos de envenenamiento que rara vez se investigan, cachorros arrojados en basureros o cajas de cartón. Estas no son historias aisladas; son situaciones documentadas por rescatistas, refugios y ciudadanos que las enfrentan a diario.
La paradoja duele: mientras miles de personas alimentan a perros y gatos en la calle movidos por la compasión, la estructura que podría atender el problema de raíz sigue fragmentada. Se necesita más que buena voluntad para revertir una crisis que lleva años creciendo sin control.
Lo que está en juego no es únicamente el bienestar animal. Está en juego el país que decimos ser. La forma en que tratamos a los seres más vulnerables habla de nuestra ética colectiva más que cualquier discurso político, religioso o moral.
Puerto Rico necesita con urgencia:
- Políticas públicas claras y sostenidas, no iniciativas pasajeras.
- Programas masivos de esterilización, accesibles y permanentes.
- Regulación estricta del abandono, con consecuencias reales.
- Educación ciudadana, desde las escuelas hasta las comunidades.
- Red de albergues regionales, respaldada por fondos estatales y municipales.
No se trata de sentimentalismo. Se trata de responsabilidad. De reconocer que este problema no desaparecerá mientras continuemos depositándolo únicamente sobre voluntarios exhaustos y organizaciones que operan más allá de su capacidad.
La crisis de animales abandonados es un termómetro de nuestra sensibilidad social. O la atendemos ahora, con seriedad y compromiso, o seguiremos mirando hacia otro lado mientras cientos de miles de vidas continúan pagando el precio de nuestra indiferencia.
La pregunta que debemos enfrentar como país es sencilla y urgente:
¿Qué nos impide actuar?
