Share This Article
Hay una nueva tendencia caminando, o gateando por el planeta: los llamados therians. Personas que aseguran identificarse espiritualmente con animales específicos y que adoptan ciertos gestos, posturas, sonidos o dinámicas asociadas a ellos. Hasta ahí, uno podría decir:el ser humano siempre ha buscado metáforas para explicarse. El problema no es la metáfora. El problema es la coherencia.
Porque si algo distingue a una identidad auténtica es el costo que implica sostenerla.
He visto muchos “canes” con collar de diseñador, pero ninguno disputando territorio en la acera ni resolviendo su cena en un zafacón. He escuchado “felinos” maullando su instinto, pero no los he visto acechando ratones detrás de un restaurant chino o cazando lagartijos en el estacionamiento de Plaza las Américas. Se asume la estética, no la biología. Se adopta el gesto, no la consecuencia.
Y ahí es donde la tendencia se delata.
No es lo mismo identificarse con la fuerza simbólica de un lobo que aceptar la crudeza de su invierno. No es lo mismo decir “soy una gaviota” que lanzarse libre y soberana desde un acantilado en las costas de Isabela. Resulta curioso que las identidades animales contemporáneas siempre conserven la tarjeta de crédito, el aire acondicionado y la conexión Wi-Fi. Ningún Therian ha renunciado al seguro médico para abrazar la ley natural de la supervivencia.
Eso no es identidad. Es edición.
Seleccionar del animal aquello que embellece el relato personal mientras se descarta lo que incomoda no es transformación; es performance. Es cosplay existencial con filtros de Instagram.
No se trata de ridiculizar a nadie ni de negar el derecho humano a explorar la identidad. La pregunta legítima es otra: ¿estamos frente a una experiencia profunda o ante una estética de moda que ofrece sentido instantáneo sin exigir renuncia real?
El ser humano siempre ha sentido fascinación por lo animal. Las culturas antiguas lo integraron como símbolo, como tótem, como arquetipo. Pero jamás confundieron el símbolo con la literalidad. Sabían que portar la máscara del jaguar no convertía a nadie en jaguar; era una representación del poder que aspiraban encarnar.
Hoy, en cambio, pareciera que el símbolo se toma al pie de la letra… pero solo hasta donde no duela o hasta donde no comprometa la comodidad de una ducha fresca al final del día o un combo de Mc’ Donalds al salir de clases.
Porque nadie que se identifique como cotorra ha probado la gravedad lanzándose desde un balcón en el piso quince donde vive con sus padres. Nadie que se proclame caballo ha abandonado la seguridad del asfalto para vivir bajo la intemperie permanente o para galopar desde el trabajo en Hato Rey hasta su casa en Caguas, Bayamón o Carolina. La identidad se afirma, mientras el Uber espera afuera. Y eso revela algo más profundo que la moda.
Revela un afán que anhela intensidad simbólica sin pagar el precio biológico. Que quiere la épica del instinto, pero no la crudeza del hambre. Que desea la narrativa del cerdo, pero no la suciedad de la porqueriza. La ironía no está en sentirse animal. La ironía está en hacerlo desde la comodidad absoluta de lo humano.
Tal vez el verdadero debate no es si alguien puede identificarse con un animal. Tal vez el debate es por qué necesitamos abandonar la complejidad humana para sentirnos auténticos. Por qué la metáfora dejó de ser suficiente y tuvo que convertirse en performance de vitrina.
Porque mientras el ser humano juega a ser bestia en entornos climatizados, los animales reales siguen haciendo lo que siempre han hecho: sobrevivir sin aplausos, sin tendencias, sin hashtags… y muchas veces sin comida.
Y quizás ahí esté la diferencia más contundente. Si vas a renunciar a lo humano para sentirte auténtico, al menos ten el valor de soltar también sus privilegios; de lo contrario, no es identidad… es entretenimiento.
