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Un joven quiso celebrar sus quince años a su manera y hubo personas que lo amaron lo suficiente como para acompañarlo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Río Florido es una comunidad de Fresnillo, en Zacatecas, México, que en estos días ha visto su nombre correr por las redes sociales junto a las imágenes de una celebración que terminó despertando una conversación mucho mayor de la que seguramente imaginaron sus protagonistas. Aníbal cumplió quince años y quiso celebrarlos a su manera, acompañado de su familia y sus amigos, con una fiesta donde hubo misa, vals, brindis, damas, chambelanes, baile, música y todo aquello que convierte una fecha especial en uno de esos recuerdos que se guardan para siempre.
Las imágenes que comenzaron a circular, entre ellas las publicadas por FotoStudio Hernández PRO, hicieron el resto. De una comunidad de Zacatecas saltaron a Facebook, Instagram, TikTok y a diferentes medios, mientras miles de personas descubrían los quince de Aníbal y reaccionaban ante una celebración que rompía con lo que tradicionalmente muchos esperan de este tipo de fiesta. Porque Aníbal no solamente quiso celebrar sus quince años, quiso hacerlo a su gusto, con su estilo y sin esconder la alegría que le producía aquel momento.
Y entonces apareció la corona.
Entre tantos detalles de una celebración preparada para disfrutar, aquella corona pareció convertirse para algunos en el centro de todo. De repente dejó de importar el baile, la música, los amigos y hasta la familia que había acompañado al joven. La discusión comenzó a girar alrededor de si un muchacho debía celebrar de aquella manera, como si existiera un reglamento universal que determinara quién puede bailar un vals, quién puede tener chambelanes o quién tiene derecho a colocarse una corona sobre la cabeza.
Lo que vino después dice mucho menos de Aníbal que de nosotros.
Las mismas redes que permitieron compartir la alegría abrieron espacio para las burlas y los comentarios ofensivos, hasta el punto de provocar un llamado público de Mujeres en Movimiento Fresnillo frente a la exposición y ridiculización de menores en las plataformas digitales. Y es precisamente ahí donde esta historia deja de ser solamente la anécdota de una fiesta que se hizo viral y comienza a obligarnos a mirar la facilidad con la que convertimos la vida de otra persona en territorio para nuestras opiniones.
Hay un detalle que no podemos olvidar mientras escribimos detrás de una pantalla. Estamos hablando de un adolescente.
No sabemos qué conversaciones ocurrieron en su casa antes de la fiesta ni cuánto tiempo llevaba soñando con ella. Tampoco necesitamos conocerlas. Lo que vemos es suficiente para reconocer que hubo unos padres, una familia y unos amigos dispuestos a acompañarlo. Pudieron preocuparse por el qué dirán, pudieron advertirle que la gente hablaría o intentar convencerlo de celebrar de otra manera. Sin embargo, por encima de todo aquello estuvo el deseo de un joven y la decisión de quienes lo quieren de compartir su alegría.
Eso también merece ser contado.
Durante años hemos repetido a nuestros hijos que deben ser auténticos, que no pueden vivir pendientes de la opinión ajena y que deben aprender a sentirse seguros de quienes son. El problema comienza cuando esa autenticidad no se parece a lo que nosotros habíamos imaginado. Entonces aparecen los moldes, las reglas que nadie escribió y ese empeño por decidir cuáles colores, gestos, ropas, bailes o celebraciones corresponden a un hombre y cuáles pertenecen exclusivamente a una mujer.
No sé cómo se define Aníbal ni me interesa averiguarlo mirando fotografías. Mucho menos creo que una fiesta pueda utilizarse para determinar su orientación sexual o su identidad. Hacerlo sería apropiarnos nuevamente de una historia que le pertenece a él. Aníbal no tiene que convertirse en símbolo de ninguna causa para que podamos defender algo mucho más elemental, su derecho a celebrar sin que un grupo de adultos convierta su felicidad en motivo de humillación.
Quizás ahí esté una de las contradicciones más grandes de esta historia. Nos escandalizamos porque un adolescente rompe determinados moldes mientras consideramos perfectamente normal que adultos se sienten frente a un teléfono a burlarse de él. Nos preocupa una corona, pero no siempre nos preocupa la palabra que escribimos. Cuestionamos un baile mientras olvidamos que detrás de la pantalla hay una persona que también lee, siente y carga con aquello que nosotros dejamos escrito antes de continuar tranquilamente hacia la próxima publicación.
No todo tiene que gustarnos y tampoco estamos obligados a comprender cada decisión ajena. La convivencia comienza precisamente cuando descubrimos que respetar no significa necesariamente compartir. Podemos mirar algo que jamás haríamos y continuar nuestro camino sin convertir la diferencia en una agresión.
Por eso, después de ver las imágenes de los quince de Aníbal y leer parte de la conversación que provocaron, siento que nos perdimos lo mejor de la historia.
Nos faltó la fiesta, nos faltó el baile, nos faltó la alegría.
Mientras algunos estaban demasiado ocupados discutiendo si aquella corona correspondía o no sobre la cabeza de un muchacho, Aníbal estaba viviendo sus quince años. A su alrededor había gente bailando, amigos celebrando y una familia acompañando uno de esos momentos que no vuelven.
Quizás dentro de muchos años mire aquellas fotografías y recuerde la música, los nervios, las risas, el baile y a quienes estuvieron allí. Ojalá que eso termine pesando mucho más que las palabras de quienes nunca lo conocieron.
Porque después de todo el ruido provocado por aquella celebración en Río Florido, queda una escena bastante sencilla. Un joven quiso celebrar sus quince años a su manera y hubo personas que lo amaron lo suficiente como para acompañarlo.
La corona nunca fue el problema.
