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Esperamos del pastor una determinada forma de hablar, de vestir, de relacionarse y hasta de divertirse; queremos reconocerlo a distancia porque se ajusta a una imagen que otros construyeron mucho antes que él. Y cuando sale de ese libreto comienzan las preguntas, las sospechas y, en algunos casos, el escándalo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
En ocasiones hay personas que me leen y no pueden comprender que de la pluma de un pastor salgan historias que narran la vida de la comunidad LGBTQ+, denuncias sobre violaciones flagrantes de los derechos humanos, crónicas de acontecimientos culturales o textos sobre esas realidades cotidianas que casi nunca llegan a convertirse en noticia. Probablemente esperan otra cosa. Quizás una reflexión de fe, unas palabras para comenzar el día, algo que corresponda con esa imagen que durante años hemos construido de lo que debe decir, escribir y hasta pensar un pastor.
La sorpresa parece ser mayor cuando quien predica sobre el amor un domingo también señala, sin demasiados rodeos, a quienes ocupan las sillas del poder y tienen responsabilidad sobre la vida de los demás. Como si acompañar y denunciar fueran oficios incompatibles; como si hablar de esperanza obligara a guardar silencio ante la injusticia o el título de reverendo viniera acompañado de una cláusula que prohibiera incomodar.
Nunca he podido entenderlo de esa manera.
Puedo peregrinar a Tierra Santa y también caminar en una marcha del Orgullo junto a quienes han tenido que luchar durante décadas por algo tan elemental como ocupar su lugar en la sociedad sin pedir disculpas por existir. Puedo bendecir, escuchar, acompañar, celebrar una Eucaristía y, horas después, sentarme frente a la computadora para escribir una crónica sobre discriminación, violencia o derechos humanos. También puedo escribir sobre cultura, sobre un libro, una película o cualquiera de esas historias que nada tienen que ver con el púlpito y, sin embargo, tienen muchísimo que ver con la vida.
Tal vez lo que cuesta comprender no sea esa diversidad de espacios, sino nuestra vieja necesidad de meter a las personas en moldes. Nos tranquilizan las categorías porque hacen que todo parezca más sencillo: al pastor le corresponde esto, al periodista aquello, el activista debe comportarse de determinada manera y al escritor se le reserva otro territorio. El problema comienza cuando una persona decide cruzar esas fronteras imaginarias y vivir sin dividirse en compartimentos para satisfacer las expectativas ajenas.
Soy pastor y amo profundamente mi vocación. No cambiaría por nada la posibilidad de escuchar a alguien cuando necesita ser escuchado, acompañar en momentos en que sobran las explicaciones y hace falta una presencia, servir a una comunidad o tender una mano allí donde pueda ser útil. Pero esa vocación no anuló al periodista que también soy, ni silenció al escritor, mucho menos hizo desaparecer al activista que aprendió hace tiempo que hay momentos en los que callar termina convirtiéndonos en cómplices.
Tampoco anuló al hombre que existe cuando se apagan las luces del templo.
Me gusta salir, disfrutar de una buena fiesta, escuchar una plena, bailar, sentarme con amigos alrededor de una mesa y prolongar una conversación sin mirar demasiado el reloj. Puedo hablar de teología y cinco minutos después discutir sobre una película; disfrutar del teatro, ir a un espectáculo nocturno, tomarme una cerveza, terminar un domingo en la playa, caminar sin rumbo determinado por San Juan o sacar el teléfono para hacerme una selfie porque me gustó el lugar, la compañía o sencillamente porque me dio la gana.
¿Desde cuándo disfrutar de la vida se convirtió en una contradicción con servir a los demás?
Quizás hemos confundido demasiadas veces la vocación con la obligación de representar un personaje. Esperamos del pastor una determinada forma de hablar, de vestir, de relacionarse y hasta de divertirse; queremos reconocerlo a distancia porque se ajusta a una imagen que otros construyeron mucho antes que él. Y cuando sale de ese libreto comienzan las preguntas, las sospechas y, en algunos casos, el escándalo.
A mí ese personaje no me interesa.
He pasado demasiados años entre iglesias, redacciones, calles, marchas, reuniones, aeropuertos, hospitales, actividades comunitarias, celebraciones y conversaciones con personas completamente diferentes como para creer que la vida puede dividirse con tanta facilidad. Lo que he encontrado en todos esos lugares es gente: personas que aman, sufren, se equivocan, celebran, tienen miedo, luchan, pierden, comienzan nuevamente y quieren ser escuchadas. Algunas se sientan cada domingo en una banca de iglesia; otras probablemente nunca entrarán en una. Para mí, ambas merecen exactamente la misma atención.
Por eso escribo.
Lo hago cuando una historia merece ser contada y cuando el silencio comienza a resultar incómodo. Me interesan las vivencias de la comunidad LGBTQ+ porque conozco sus luchas y porque todavía existen demasiadas realidades que otros prefieren no mirar. Los derechos humanos ocupan también un lugar esencial en mi trabajo, convencido de que la dignidad no debería depender del gobierno de turno, de una frontera, de la orientación sexual, la identidad de género o del lugar donde alguien tuvo la suerte o la desgracia de nacer. Hay espacio igualmente para la cultura, porque necesitamos belleza, memoria y celebración; y otras veces basta con que algo me conmueva para sentir la necesidad de contarlo y compartirlo.
No veo por qué tendría que escoger entre una cosa y la otra.
Hace años una canción popularizó unas palabras que siempre me han resultado cercanas: es mi vida y no me arrepiento de nada. Las tomo prestadas, aunque sea parafraseándolas, porque a estas alturas de mi camino describen bastante bien cómo quiero seguir viviendo. Todavía me quedan historias por contar, lugares por conocer, injusticias ante las cuales levantar la voz, personas a quienes acompañar, libros pendientes, conversaciones que seguramente terminarán de madrugada y unas cuantas fiestas en las que espero seguir bailando.
Habrá quien continúe preguntándose cómo puede convivir todo eso en una misma persona. Está bien. No necesito convencer a todo el mundo.
Lo que no pienso hacer es mutilar partes de mi vida para resultar más fácil de clasificar.
No nací para caber en un molde. Y, a estas alturas, tampoco tengo intención alguna de intentarlo.
