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Esta propuesta evidencia una clara intención de explorar un lenguaje teatral distinto, en la que el cuerpo, la imagen y la interacción con el público ocupan un lugar central
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Sirio A. Álvarez, Pride Society Magazine
La obra Nubarrón pícaro, escrita y dirigida por Eyerí Cruz Otero, se presentó en el espacio del colectivo Y No Había Luz en Santurce como una propuesta de teatro surrealista para adultos que combina movimiento, música, humor y elementos de clown para articular una crítica social y política. La pieza parte de la memoria de una mujer asesinada cuyo caso quedó sin justicia y del inquietante hecho de que, años después, su nombre aparece como votante activa en las elecciones de 2024, conectando así la violencia, la impunidad y las fallas del sistema. La puesta no se limita a esa premisa inicial. A lo largo de la obra aparecen referencias directas al gobierno de turno, incluyendo menciones a la Gobernadora y al presidente del Senado, así como cuestionamientos al uso de las máquinas electrónicas utilizadas en las pasadas elecciones, lo que refuerza el carácter de denuncia que atraviesa la propuesta.
El elenco, compuesto por Astrid Ayala, Eyerí Cruz Otero, Millo Canetti, Nami Helfeld, Noel Ernesto, Pedro Iván Bonilla y Siul Valentín, asume una propuesta marcadamente física que exige coordinación y concentración. Ninguno sobresale por encima de los demás; el grupo funciona como un verdadero trabajo de conjunto. Gran parte de la comunicación escénica se sostiene en el movimiento y en la relación corporal entre los actores, lo que requiere un constante nivel de sincronía.
Tuve la oportunidad de asistir a la última función anunciada de la temporada, en una noche de sala llena y con un público dispuesto a entrar en una experiencia teatral poco convencional. Incluso antes de comenzar la función, desde la primera llamada, algunos de los actores interactuaban con los asistentes en la sala, estableciendo desde temprano una relación directa con el público. Durante la obra se produjeron silencios prolongados en distintos momentos, así como risas provocadas por la intervención de varios espectadores invitados a participar brevemente en la escena.
Desde sus primeros momentos queda claro que la obra no sigue una estructura narrativa tradicional. Aquí el peso del espectáculo descansa en el movimiento, la sincronía entre los intérpretes y el uso constante del cuerpo como principal vehículo de expresión. Más que diálogos extensos, lo que domina la escena es una sucesión de gestos, desplazamientos e interacciones físicas entre los actores. A esto se suma una amplia cantidad de utilería y elementos escénicos que ayudan a construir las imágenes del montaje. Estos objetos entran y salen continuamente de la escena y forman parte del juego teatral que sostiene la acción, creando momentos visuales que en ocasiones transforman el escenario.









La propuesta también incorpora momentos de participación directa del público. En determinado momento del montaje, algunos espectadores son invitados a subir al escenario para integrarse brevemente a la acción, reforzando el carácter participativo de la obra. Junto a estos recursos escénicos se incluyen tres segmentos audiovisuales; sin embargo, la proyección se realiza en una superficie pequeña y coincide con acciones que ocurren simultáneamente en el escenario. Esta superposición dificulta que el público pueda apreciar plenamente los videos, ya que la atención se divide entre la pantalla y la acción en vivo, lo que termina restándole fuerza al recurso.
La música también juega un papel importante dentro del montaje. El violín interpretado por Siul Valentín y las composiciones musicales de Millo Canetti contribuyen a la atmósfera de la obra y se integran al ritmo general de la puesta. En el aspecto técnico, la producción apuesta por una estética sencilla pero funcional. El diseño de iluminación de Julio Morales ayuda a definir los distintos ambientes de la escena y acompaña los cambios de ritmo del espectáculo, mientras que el vestuario y la utilería —trabajados por el propio elenco— se integran activamente a la acción escénica y forman parte del lenguaje visual de la propuesta.
Dentro de la puesta se incluye, además, una escena de desnudo que, desde mi perspectiva, no aporta de manera clara al desarrollo de la idea central. El efecto buscado pudo haberse logrado por otros medios escénicos sin recurrir a ese recurso. A esto se suma un problema de ritmo: la obra se extiende más de lo necesario y en algunos momentos la repetición de ciertos elementos provoca que la intensidad del montaje disminuya.
Aun con esas reservas, Nubarrón pícaro evidencia una clara intención de explorar un lenguaje teatral distinto, en la que el cuerpo, la imagen y la interacción con el público ocupan un lugar central. La propuesta se aleja del teatro de diálogo tradicional para apostar por una experiencia escénica más sensorial y física.
Debido a la buena asistencia de público durante la temporada, se anunció una función adicional el 12 de marzo, ofreciendo una nueva oportunidad para acercarse a esta propuesta en el espacio del colectivo Y No Había Luz en Santurce.
