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Puerto Rico no tiene que repetir esa historia. Tenemos recursos naturales y culturales extraordinarios, playas, montañas, bosques, gastronomía, música, arquitectura, y una ubicación privilegiada
SAN JUAN, Puerto Rico
Hace unos días escribí una columna titulada Bad Bunny Cambia la narrativa de Puerto Rico y el reto después del último aplauso. Allí hablaba de cómo la residencia del Conejo Malo en la isla no solo era un triunfo artístico, sino también un motor económico: hoteles llenos, restaurantes con lista de espera, transportistas trabajando a toda máquina, artesanos vendiendo más. El mensaje era claro: la cultura también mueve la economía, y había que pensar en cómo mantener ese impulso después de que se apagara la última luz del escenario.
Entre los comentarios que recibí, uno me llamó la atención especialmente: “¿Y eso no es lo mismo que le pasó a Hawái?”. Esa pregunta me llevó a escribir esta otra columna. Porque, sí, Hawái es un paraíso que recibe millones de visitantes cada año, pero también es un ejemplo de cómo el turismo, si no se planifica bien, puede ahogar a la comunidad que debería beneficiar.
En Hawái, el turismo masivo ha encarecido la vivienda, desplazado a residentes, sobreexplotado sus recursos naturales y convertido su economía en algo tan dependiente de la llegada de visitantes, que cualquier crisis global la golpea de inmediato. Y lo más grave: gran parte de las ganancias no se quedan en manos hawaianas, sino en corporaciones extranjeras.
Puerto Rico no tiene que repetir esa historia. Tenemos recursos naturales y culturales extraordinarios, playas, montañas, bosques, gastronomía, música, arquitectura, y una ubicación privilegiada. Pero el reto es claro: crear un modelo de turismo cultural y ecológico en el que la riqueza se quede aquí, se reinvierta aquí, y fortalezca a las comunidades locales.
Ejemplos hay. Costa Rica apostó al ecoturismo controlado, con parques nacionales que cobran entrada y operadores locales que se benefician directamente. Islandia limitó el acceso a zonas frágiles y fomentó cooperativas que controlan excursiones y hospedajes. Madeira desarrolló rutas culturales y naturales con hoteles medianos y pequeños, propiedad de residentes. Belice apostó a su cultura y naturaleza con guías locales certificados.
A esto podemos añadir otro modelo inspirador que ya existe en nuestra propia tierra: Casa Pueblo en Adjuntas. Este proyecto comunitario lleva décadas demostrando que es posible desarrollar una economía sostenible, basada en energía solar, defensa ambiental y promoción cultural, sin depender de las estructuras tradicionales del gobierno. Casa Pueblo ha creado rutas ecoturísticas, fomentado el consumo local, protegido el Bosque del Pueblo y generado empleos en su comunidad. Si cada pueblo del archipiélago desarrollara una iniciativa similar, autosostenible, arraigada a sus recursos únicos, y con visión de largo plazo, tendríamos decenas de polos de turismo cultural y ecológico, cada uno con su propia identidad, fortaleciendo la economía desde la base.
¿Qué significa eso para nosotros?
- Propiedad local de la industria: Incentivos y financiamiento preferencial para que las empresas turísticas sean de puertorriqueños residentes, en lugar de fomentar mediante incentivos fiscales a extranjeros que realmente no generan empleos.
- Turismo de valor alto y volumen controlado: Mejor pocos visitantes que gasten bien, que miles que solo consuman lo mínimo.
- Experiencias auténticas: Rutas gastronómicas, talleres de bomba y plena, turismo agrícola en el interior, aventuras de naturaleza sostenible.
- Educación y capacitación: Escuelas y programas para formar guías, operadores y gestores turísticos locales.
- Protección de comunidades y recursos: Regulación de alquileres cortos, límites en zonas frágiles, tarifas de conservación para visitantes internacionales.
Este no es un plan que dependa de un artista, una administración o un inversionista extranjero. Este es un proyecto que requiere que todos estemos dispuestos a criticar menos y hacer más. Que dejemos a un lado las agendas ideológicas y los fanatismos políticos que anteponen sus intereses personales a un proyecto de país. Que defendamos lo nuestro no solo en redes, sino en acciones concretas: comprando local, invirtiendo local, apoyando empresas y proyectos de aquí.
Puerto Rico tiene todo para ser una potencia mundial en turismo cultural y ecológico. Pero la verdadera pregunta es: ¿estamos listos para ser protagonistas de esa historia, o vamos a dejar que otros la escriban por nosotros?
