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Se deja de discutir sobre ideas para comenzar a discutir sobre personas. Se deja de construir para dedicar energías a desacreditar…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine Magazine
Hay canciones que pasan los años y la gente sigue cantándolas como si nunca se hubieran ido. Aparecen en una fiesta, en un carro con las ventanas abajo o en cualquier lugar donde alguien necesita olvidarse por un rato del peso de la vida. “Quítate tú que llegó la caballota” terminó siendo una de esas frases que mucha gente aprendió primero bailando antes de detenerse realmente a pensar lo que decía.
Y quizás el problema tampoco sea la canción.
La música popular siempre ha exagerado personajes, emociones y maneras de hablar. Lo que resulta interesante es observar lo que ocurre cuando ciertas frases abandonan el mundo de la música y comienzan a aparecer en la vida cotidiana. De pronto ya no forman parte de un coro. Empiezan a manifestarse en la forma en que algunas personas se relacionan con los demás, ocupan espacios o entienden el éxito.
Basta mirar alrededor.
Hay quienes parecen convencidos de que para crecer alguien más tiene que hacerse pequeño. Como si cada logro necesitara una víctima. Como si el reconocimiento fuera un terreno limitado que obligara a vivir permanentemente defendiendo posiciones, vigilando territorios o marcando distancia con quienes consideran una amenaza.
Lo más curioso es que muchas de las personas que terminan cayendo en esas dinámicas conocen perfectamente lo que significa quedarse fuera. Saben lo que es tocar puertas que nunca se abren. Saben lo que es sentirse ignorados, minimizados o descartados. Han vivido la frustración de ver cómo otros ocupan espacios que parecían inalcanzables.
Quizás por eso resulta tan difícil comprender cómo alguien que conoce ese dolor puede terminar provocándolo en otros.
No suele ocurrir de un día para otro.
A veces comienza con pequeñas rivalidades que parecen inofensivas. Otras veces surge del miedo a perder relevancia, reconocimiento o influencia. Poco a poco aparecen las conversaciones cargadas de insinuaciones, los rumores disfrazados de preocupación genuina y esos comentarios que nunca se dicen abiertamente, pero que siempre encuentran la manera de llegar a donde fueron dirigidos.
Lo preocupante es que estas conductas terminan normalizándose con demasiada facilidad.
Y sería ingenuo pensar que pertenecen únicamente a determinados sectores. Aparecen dondequiera que existan seres humanos. En la política. En los movimientos sociales. En el periodismo. En los espacios religiosos. En organizaciones comunitarias. En cualquier lugar donde el ego encuentre terreno fértil para convencernos de que el valor propio depende de la capacidad de imponerse sobre otros.
Con el tiempo ocurre algo todavía más peligroso.
Se deja de discutir sobre ideas para comenzar a discutir sobre personas. Se deja de construir para dedicar energías a desacreditar. Se deja de escuchar para concentrarse exclusivamente en responder. Y cuando eso sucede, la comunidad comienza a deteriorarse aunque desde afuera todo parezca funcionar perfectamente.
Tal vez por eso sigue siendo tan necesaria una frase sencilla que alguna vez escuché decir a alguien con mucha más sabiduría de la que aparentaba: hay pan para todos.
Lo he pensado muchas veces cuando observo disputas que terminan consumiendo energías, relaciones y proyectos enteros. Mientras algunos siguen empeñados en medir quién ocupa más espacio, quién tiene más influencia o quién logra imponerse sobre los demás, la realidad continúa esperando. Los problemas no desaparecen porque ganemos una discusión. Las comunidades no se reconstruyen solas. La gente que necesita ayuda sigue ahí. Las injusticias continúan existiendo independientemente de quién tenga la última palabra o aparezca más veces en una fotografía.
Quizás por eso resulta tan triste ver cuánto tiempo y cuánta energía se pierde en guerras que, vistas a la distancia, terminan pareciendo insignificantes. Personas enfrentadas por protagonismos pasajeros mientras alrededor siguen acumulándose necesidades reales, dolores reales y desafíos que exigen algo más que discursos.
Y es ahí donde regreso a una idea que con los años he aprendido a mirar con más cuidado.
Cuando digo que la justicia tarda, pero llega, no hablo de castigos ni de venganzas. Hablo de la vida poniendo cada cosa en perspectiva. Hablo de ese momento en que las intenciones terminan revelándose por sí mismas y ya no queda discurso capaz de ocultarlas. Porque se puede sostener una apariencia durante un tiempo. Se puede manipular una conversación. Se puede intentar controlar una narrativa. Lo que resulta mucho más difícil es sostener indefinidamente una mentira sobre quiénes somos.
Tarde o temprano las personas terminan mostrando aquello que realmente las mueve.
Por eso la pregunta importante nunca ha sido quién llegó primero, quién ocupa más espacio o quién logró imponerse sobre los demás.
La pregunta verdaderamente importante es qué clase de persona decidimos ser mientras recorríamos el camino. Porque llegar siempre tendrá importancia. Lo que jamás debería perderla es la manera en que tratamos a quienes encontramos durante el trayecto.
