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“Mientras sectores políticos y religiosos conservadores encuentran puntos de encuentro para impulsar agendas dirigidas a restringir derechos y alimentar discursos de exclusión, la comunidad LGBTQ+ continúa llegando a este momento con divisiones que la debilitan”…
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Comenzamos un nuevo Mes del Orgullo. Como cada año, las calles volverán a llenarse de marchas, banderas y celebraciones que recuerdan una historia de resistencia y dignidad.
Cada actividad durante junio existe porque hubo personas que se negaron a aceptar el silencio, la vergüenza y la exclusión como destino. Los derechos que hoy defendemos, la visibilidad alcanzada y muchos de los espacios que ocupamos nacieron del esfuerzo colectivo de generaciones anteriores.
Nada de eso apareció por casualidad.
Sin embargo, mientras celebramos lo avanzado, resulta difícil ignorar una realidad que sigue presente. En conversaciones privadas, reuniones de organizaciones, espacios de activismo y hasta en los mismos eventos del Orgullo surge una preocupación que rara vez ocupa el centro de nuestras discusiones públicas.
Mientras sectores políticos y religiosos conservadores encuentran puntos de encuentro para impulsar agendas dirigidas a restringir derechos y alimentar discursos de exclusión, la comunidad LGBTQ+ continúa llegando a este momento con divisiones que la debilitan.
Seguimos siendo una comunidad diversa. Esa diversidad ha sido siempre una de nuestras mayores fortalezas. El problema comienza cuando permitimos que las diferencias se conviertan en barreras y esas barreras nos impidan construir causas comunes.
Reconocerlo no disminuye lo alcanzado ni resta valor al trabajo de quienes sostienen proyectos que cambian vidas. Significa aceptar que también debemos ser capaces de mirarnos críticamente.
Durante años hemos denunciado las exclusiones que vienen de afuera. Hemos enfrentado discursos de odio, intentos de limitar derechos y esfuerzos por borrar nuestras historias. Todo eso sigue ocurriendo y merece ser confrontado.
Pero también debemos mirar hacia dentro.
No podemos hablar de unidad dentro de la comunidad LGBTQ+ mientras ridiculizamos a quienes no responden a determinados estándares físicos, invisibilizamos el trabajo de otras personas o convertimos nuestras diferencias en motivo de exclusión.
Personas adultas mayores LGBTQ+ viven el aislamiento y la soledad. Jóvenes buscan acompañamiento y no siempre lo encuentran. Migrantes siguen sintiéndose ajenos en espacios que también les pertenecen.

Las personas trans y no binarias enfrentan cuestionamientos constantes. Quienes viven con alguna discapacidad tropiezan con barreras que nunca debieron existir. Incluso quienes aparecen en discursos, campañas y fotografías descubren que la inclusión desaparece cuando llega el momento de tomar decisiones importantes.
También persisten disputas por liderazgo, reconocimiento e influencia. Conflictos que consumen energías necesarias para atender desafíos mucho más urgentes.
Todos hemos visto proyectos romperse, alianzas desaparecer y relaciones deteriorarse por diferencias que poco tienen que ver con las necesidades reales de nuestra comunidad. Son situaciones que rara vez aparecen en comunicados oficiales, pero sus efectos terminan debilitando esfuerzos que costaron años construir.
El contexto externo tampoco ayuda. Discursos que muchos creían superados han encontrado nuevas plataformas. Iniciativas dirigidas a restringir derechos continúan ganando espacio.
Y mientras eso ocurre, seguimos desperdiciando fuerzas en conflictos internos que pocas veces producen algo más que desgaste.
La unidad de la que tanto hablamos no exige uniformidad. No requiere que pensemos igual ni que desaparezcan nuestras diferencias.
Exige algo más difícil.
Honestidad para reconocer aquello que necesita corregirse. Capacidad para escuchar experiencias distintas a las nuestras. Compromiso real con el respeto, la igualdad y la dignidad de todas las personas que forman parte de esta comunidad.
Quizás por eso una de las conversaciones más necesarias de este Mes del Orgullo no sea solamente con quienes intentan arrebatarnos derechos desde afuera, sino también entre nosotros.
No se trata de repartir culpas ni de señalar enemigos internos. Se trata de preguntarnos si estamos construyendo la comunidad que decimos defender.
Las marchas terminarán. Las banderas volverán a guardarse y junio quedará atrás.
Lo que permanecerá será una pregunta mucho menos cómoda que cualquier consigna o celebración:
¿Cómo vamos a enfrentar juntos lo que viene si seguimos divididos entre nosotros?
