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El perdón que dignifica y devuelve esperanza al cristianismo contemporáneo
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
La historia de la fe se vuelve a escribir en Noruega. La Iglesia Luterana de Noruega, voz mayoritaria del país y durante siglos vinculada al Estado, dio el 16 de octubre de 2025 en Oslo un paso que trasciende fronteras y conmueve conciencias: pidió perdón públicamente a la comunidad LGBTQ+ por el daño causado durante décadas. No fue una declaración superficial ni una estrategia de imagen, sino una confesión de pecado institucional nacida de una honradez evangélica infrecuente. “Esto no debió haber ocurrido”, dijo el obispo primado Olav Fykse Tveit, reconociendo que en nombre de la fe y amparada en lecturas sesgadas de la tradición, la Iglesia provocó vergüenza, dolor y exclusión en miles de personas. Ese día, en un gesto a la vez pastoral y profético, la institución se puso del lado de la dignidad humana y del mandamiento del amor.
El contexto hace más elocuente este perdón. Noruega figura entre los países pioneros en el reconocimiento de derechos —uniones registradas desde 1993 y matrimonio igualitario desde 2009— y, dentro de la propia Iglesia, un camino de apertura que permitió desde 2017 la celebración litúrgica de matrimonios entre personas del mismo sexo. Sin embargo, ese avance civil y eclesial convivió demasiado tiempo con memorias de exclusión, silencios y estigmas. La disculpa pública llega para cerrar una herida y abrir un futuro: enseña que la autoridad moral no se impone desde el poder, sino desde la verdad; que una iglesia que pide perdón predica con más fuerza que mil sermones.
Que sea la Iglesia Luterana de Noruega quien pronuncie estas palabras importa: su peso histórico e institucional convierte el acto en un mensaje claro para la sociedad y para el mundo cristiano. No es relativismo doctrinal, sino fidelidad al Evangelio que reconoce en cada persona la imagen de Dios. Cuando Tveit afirma el deseo de “una sociedad donde puedas amar a quien quieras y ser quien eres”, la teología se hace concreta: la dignidad humana no es negociable. Esa convicción contrasta con el clima regresivo que se respira en otros lugares, donde no pocas iglesias se prestan para legitimar leyes de odio y políticas de discriminación contra la misma comunidad LGBTQ+. Mientras unas apuestan por el miedo, Noruega apuesta por la reconciliación; mientras unas cierran puertas, esta Iglesia abre los brazos.
Las repercusiones han sido inmediatas. En Noruega, el gesto ha sido leído como un acto de responsabilidad y reparación, capaz de tender puentes con quienes por años se sintieron expulsados de su casa espiritual. En el ámbito internacional, organizaciones ecuménicas, defensores de derechos humanos y comunidades de fe han saludado la valentía del perdón y han pedido que se convierta en un precedente: revisar historias, corregir errores, reparar daños y abrazar sin condiciones. Porque reconocer no borra el pasado, pero habilita la sanación; porque una iglesia que escucha el sufrimiento y se atreve a decir “me equivoqué” vuelve a respirar el aire del Evangelio.
Este momento no clausura la conversación: la convierte en camino. Invita a las iglesias de todo el mundo a examinar sus teologías a la luz de la misericordia, a poner a las personas —no a las ideologías— en el centro, a recuperar la verdad sencilla que sostienen las Escrituras: “en el amor no hay temor”. Quizás la fe del futuro —esa que tantos soñamos— se parezca a esto: una fe que pide perdón, que repara, que hace justicia; una fe que pronuncia dignidad en todos los idiomas y, sobre todo, en todos los cuerpos. Porque cada vez que una iglesia se atreve a decir “lo sentimos”, el Reino de Dios se hace un poco más visible, más humano, más real.

