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En América Latina se ha vuelto frecuente exhibir rostros que representan luchas históricas mientras el poder efectivo continúa concentrado en los mismos espacios de siempre
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, Pride Society Magazine
Hay ausencias que no se pueden disimular. La de Francia Márquez en la conversación pública colombiana es una de ellas. No hablo de una desaparición literal ni de la negación de su cargo. Hablo de otra cosa: de la pérdida de peso visible, de la reducción de su presencia en el centro del debate, de esa sensación cada vez más extendida de que una figura que fue decisiva para un proyecto político hoy ocupa un lugar mucho más distante del que muchos imaginaron.
Recordar la campaña que llevó a Gustavo Petro a la presidencia obliga a recordar también el papel que desempeñó Francia Márquez en ese trayecto. Su presencia no fue un detalle menor dentro de la fórmula. Fue una pieza central. Su historia, su procedencia, su lucha ambiental, su liderazgo social y su condición de mujer afrocolombiana le dieron a esa campaña una dimensión que Petro, por sí solo, no podía encarnar de la misma manera. Ella aportó legitimidad, símbolo, conexión con sectores históricamente excluidos y una fuerza política que tocó fibras profundas dentro y fuera de Colombia.
Por eso inquieta tanto lo que se percibe hoy. Porque no se trata únicamente del lugar de una vicepresidenta dentro de un gobierno. Se trata de la distancia entre lo que se prometió y lo que se ve. Se habló de inclusión, de igualdad, de representación, de una nueva forma de hacer política. Sin embargo, cuando una de las figuras que mejor condensaba ese discurso pierde visibilidad, la pregunta surge sola: ¿se quería construir inclusión real o se quiso capitalizar electoralmente su imagen?
La pregunta es incómoda, pero necesaria. En América Latina se ha vuelto frecuente exhibir rostros que representan luchas históricas mientras el poder efectivo continúa concentrado en los mismos espacios de siempre. Se abren puertas para la foto, para el mensaje de campaña, para la narrativa de cambio. Otra cosa muy distinta es abrirlas para la toma de decisiones, para la incidencia real y para una transformación que no sea solamente estética.
Yo no escribo desde la ingenuidad. Soy cubano. Soy inmigrante. Vengo de una historia donde los grandes discursos sobre justicia e igualdad muchas veces terminaron convertidos en herramientas para legitimar otros controles, otros silencios y otras exclusiones. Esa experiencia me hace desconfiar de toda palabra bonita que no venga acompañada de hechos concretos. No rechazo de entrada la idea de igualdad ni la necesidad de una sociedad más justa. Lo que rechazo es el uso oportunista de esas banderas cuando solo sirven para llegar al poder.
Francia Márquez representa mucho más que un nombre en una boleta electoral. Representa una ruptura en un continente atravesado por el racismo, el clasismo y la exclusión estructural. Su llegada a la vicepresidencia no fue un gesto menor. Fue un hecho político de enorme peso. Precisamente por eso, su aparente desplazamiento no puede leerse como un asunto secundario. Cuando una figura así deja de ocupar el espacio que ayudó a conquistar, no basta con guardar silencio ni conformarse con explicaciones formales.
También hay que decirlo con honestidad: no toda responsabilidad puede descargarse automáticamente sobre una sola persona o una sola oficina. Gobernar implica tensiones, reacomodos internos, límites institucionales y disputas de poder. Pero reconocer esa complejidad no obliga a cerrar los ojos ante lo evidente. Y lo evidente es que la promesa de representación pierde credibilidad cuando quienes la hicieron posible dejan de tener la misma centralidad política y pública.
Hay otra pregunta que también merece ponerse sobre la mesa. ¿Habría llegado Petro a la presidencia sin Francia Márquez como compañera de fórmula? Tal vez nadie pueda responderlo con certeza absoluta, pero negar el peso de ella en esa victoria sería falsear la historia reciente de Colombia. Francia Márquez no adornó esa campaña. La fortaleció. La legitimó. Le dio una profundidad social que resultó decisiva para muchos votantes.
Por eso mismo, lo que está en discusión no es solo la situación de una vicepresidenta. Lo que está en discusión es una práctica política mucho más amplia: la de convertir a ciertas figuras en emblemas de cambio mientras ese cambio, a la hora de ejercer el poder, se vuelve limitado, selectivo o administrado desde arriba. Ahí es donde la inclusión deja de ser una convicción y se convierte en recurso.
Colombia tiene derecho a hacerse esa pregunta. América Latina también. Porque no basta con llevar al escenario público a una mujer afrodescendiente, con historia de lucha y arraigo popular, si después el sistema político no está dispuesto a asumir todas las consecuencias de esa presencia. Incluir de verdad no consiste en exhibir una biografía poderosa. Consiste en reconocer autoridad, sostener protagonismo y compartir poder.
No escribo esto para desacreditar toda una agenda política ni para negar la importancia histórica de ciertos avances. Lo escribo porque los símbolos no pueden ser usados y luego administrados como si nada hubiera pasado. Lo escribo porque cuando la representación se vacía de contenido, lo que se erosiona no es solo la imagen de un gobierno. Lo que se erosiona es la confianza de la gente en la palabra pública.
La discusión de fondo no es Francia Márquez solamente. La discusión de fondo es si nuestras democracias están preparadas para incluir de verdad o si todavía prefieren vivir de la idea de la inclusión mientras preservan intactos los mecanismos tradicionales del poder. Esa diferencia no se mide en discursos. Se mide en presencia, en voz, en capacidad de decisión y en voluntad real de cambiar las reglas.
