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Lo histórico fue que, en un penal donde la rutina suele ser privación, se abrió un espacio para el reconocimiento, para la inclusión y para el amor
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine.
En la cárcel San Bernardo de Armenia, Quindío, los muros de concreto fueron testigos de algo que pocas veces ocurre tras las rejas: un acto de libertad. El pasado 3 de septiembre, Yuliana Tejada, mujer trans, y Cristián Zapata unieron sus vidas en matrimonio. Sobre la cancha de fútbol convertida en altar, hubo flores, vestidos, sonrisas y lágrimas. Nada parecía propio de un penal, excepto el hierro que rodeaba la escena.
La noticia fue titular en todo el país como “el primer matrimonio igualitario en una cárcel del Quindío”. Pero allí radica la primera herida: no es exacto. Tampoco sería correcto llamarlo “matrimonio heterosexual”, porque Yuliana no oculta ni reniega de lo que es. Orgullosa, en varias imágenes se mostró con la bandera de su comunidad, recordando que su identidad trans no desaparece al ponerse un vestido de novia ni al firmar un acta notarial.
Los medios no inventaron el término. En Colombia, desde 2016, tras la histórica decisión de la Corte Constitucional, la expresión “matrimonio igualitario” se convirtió en un referente legal y mediático para hablar de esas uniones. Con el tiempo, la prensa lo adoptó como sinónimo de todo matrimonio ligado a la diversidad sexual o de género. Pero allí está el riesgo: al aplicarlo indiscriminadamente, se genera confusión y, en casos como este, se siembra la duda sobre la identidad trans de una mujer que no necesita ser explicada ni puesta en entredicho.
El lenguaje, una vez más, queda corto. Y al quedar corto, hiere. Decir que es “igualitario” es negar su condición de mujer; decir que es “heterosexual” es borrar la experiencia trans que ella vive y reivindica. Entonces, ¿qué es? Es el matrimonio de Yuliana, una mujer trans, y Cristian, un hombre que la ama. Nombrarlo así, sin disfraces ni etiquetas impuestas, es reconocer la verdad en toda su complejidad.
Lo histórico no fue solo la ceremonia, organizada con el respaldo del INPEC, la Notaría Cuarta de Armenia y la Mesa LGBTI. Lo histórico fue que, en un penal donde la rutina suele ser privación, se abrió un espacio para el reconocimiento, para la inclusión y para el amor. Que una mujer trans pudiera casarse sin ocultar su identidad, incluso rodeada de rejas, es una victoria que desborda las paredes del penal.
Las palabras importan porque construyen realidades. Y si seguimos llamando “igualitario” lo que no lo es, o “heterosexual” lo que tampoco lo es, seguimos encajonando vidas que no caben en moldes. Este matrimonio nos enseña que el lenguaje también debe liberarse: debe ser preciso, cuidadoso, y sobre todo humano.
Ese día en Armenia, el eco de los votos quedó resonando entre barrotes y pasillos. Pero lo que se escuchó no fue una categoría ni una etiqueta: fue un sí profundo, orgulloso, libre. Fue la certeza de que el amor, cuando es verdadero, no necesita permiso ni definición.

