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La violencia no siempre grita. A veces se manifiesta en silencios largos, en puertas que no se abren, en empleos que nunca llegan
SAN JUAN, Puerto Rico
Por Rev. Ignacio Estrada Cepero, para Pride Society Magazine
San Juan decidió no mirarse de frente. El rechazo del Proyecto de Resolución Núm. 19, que proponía declarar a la capital como Ciudad Santuario para Personas Trans y No Binarias, no fue un tecnicismo ni un gesto neutro. Fue una decisión política que deja al descubierto una pregunta incómoda ¿qué significa realmente ser una ciudad inclusiva cuando la inclusión se queda en el discurso?
La explicación oficial sostiene que la resolución era innecesaria porque el Municipio ya cumple con su deber. Pero esa afirmación se resquebraja al tocar tierra. Las realidades que enfrenta la comunidad trans en Puerto Rico no se disuelven con informes administrativos ni con declaraciones de buena intención. Persisten, duelen y matan.
Desde 2019, al menos nueve personas trans han sido asesinadas en la isla. El año 2020 dejó una herida abierta con seis transfeminicidios en un solo año. Alexa Negrón Luciano se convirtió en nombre propio del abandono institucional. Cinco años después, su caso sigue sin justicia. No es un detalle del pasado, es una herida vigente. Como han señalado organizaciones comunitarias, mientras Alexa no tenga justicia, ninguna persona trans la tiene plenamente.
La violencia no siempre grita. A veces se manifiesta en silencios largos, en puertas que no se abren, en empleos que nunca llegan. El Proyecto TRANSforma documenta que la mayoría de las mujeres trans en Puerto Rico sobrevive en condiciones de precariedad extrema. Ocho de cada diez recurren al trabajo sexual como principal sustento. La gran mayoría vive con ingresos por debajo del umbral de pobreza y más de la mitad no tiene empleo formal. Eso también es violencia, aunque no aparezca en titulares rojos.
Este rechazo municipal ocurre, además, en un contexto político hostil. Leyes recientes han comenzado a limitar derechos que parecían conquistados, criminalizando la atención médica de afirmación de género y restringiendo el acceso a servicios bajo argumentos ideológicos. En ese escenario, los municipios no pueden limitarse a administrar lo existente. Están llamados a proteger, a afirmar, a resistir.
Ahí radicaba la fuerza del Proyecto 19. No era un gesto simbólico ni un ejercicio retórico. Proponía acciones concretas, medibles y transformadoras. Reconocer a San Juan como Ciudad Santuario, fortalecer servicios municipales con enfoques transincluyentes, proteger datos sensibles, crear una mesa de trabajo con la comunidad trans, educar a la ciudadanía y apoyar a organizaciones de base. No nombraba un ideal abstracto, proponía un camino.
Rechazarlo no es un simple desacuerdo técnico. Es una señal. Puede interpretarse como temor a incomodar sectores conservadores, como resistencia a asumir compromisos públicos verificables o como una forma de preservar un equilibrio político frágil. Pero, al final, el mensaje que recibe la comunidad trans es el mismo su protección no es prioritaria.
San Juan se describe como una ciudad diversa y acogedora. Sin embargo, fuera de los documentos oficiales, muchas personas trans siguen transitando espacios marcados por la exclusión, la sospecha y el miedo. La inclusión no se mide solo por servicios existentes, sino por la capacidad de una ciudad de nombrar lo que falta y comprometerse a transformarlo.
Una Ciudad Santuario no es un adorno lingüístico. Es un acto de responsabilidad pública. Es decir con claridad que, frente a un Estado que restringe derechos, la ciudad decide convertirse en refugio. Es reconocer que la igualdad no se presume, se construye.
El rechazo al Proyecto 19 no cerró una discusión. La abrió. San Juan aún tiene la oportunidad de decidir si quiere ser espectadora o protagonista en la defensa de los derechos humanos. La violencia continúa, la discriminación persiste y las buenas intenciones no alcanzan. Las personas trans y no binarias no necesitan promesas vagas. Necesitan garantías explícitas. Y una ciudad que se atreva a mirarse al espejo sin bajar la mirada.
